El Arca de Andrés Manuel, la esperanza que aborda México - Antiimperialista

El Arca de Andrés Manuel, la esperanza que aborda México

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Vanguardia

El panorama político del País se ha reconfigurado por completo; lo que AMLO esperaba desde 2006 ha sucedido: lograr una victoria legendaria en las elecciones presidenciales

Para los que tenemos menos de 40 años la victoria de López Obrador parece una reivindicación histórica: sólo hemos conocido un país en crisis; las perspectivas de tener un empleo, comprar una casa, mandar a nuestros hijos a la escuela es incierta. AMLO ha sido el único que ha nombrado la dicotomía mexicana: los pobres, de un lado, y la mafia del poder, del otro. ¿Quién es López Obrador y cómo ha llegado al poder? Las próximas líneas aspiran a dar algunas coordenadas.

“No quiero llegar maniado (maniatado) a la presidencia de la República”, decía López Obrador cuando estaba seguro de que ganaría las elecciones de 2006... Se refería a las llamadas telefónicas de Elba Esther Gordillo que dejaba sin responder. En aquel entonces se formó una alianza informal para cerrar su camino a Los Pinos: el presidente Fox, empresarios, gobernadores del PRI que apoyaron a Felipe Calderón, la propia Gordillo, líderes religiosos...

En 2018 el escenario luce por completo diferente: Como Noé, López Obrador construyó un Arca y ahí subió a antiguos aliados y viejos enemigos. Para decirlo en pejeñol: una buena parte de la mafia del poder está ahora con él. Para empezar los empresarios: Alfonso Romo, quien formó parte de los Amigos de Fox en 2000, quien será jefe de gabinete; Miguel Torruco, suegro de Carlos Slim, futuro Secretario de Turismo; Marcos Fastlitch, suegro de Emilio Azcárraga Jean. Ricardo Salinas Pliego, cabeza de Grupo Salinas tiene a su principal operador en el equipo de AMLO: Esteban Moctezuma Barragán, director de Fundación Azteca y nominado para la Secretaría de Educación Pública.

Sus viejos enemigos son ahora aduladores: Germán Martínez, estratega de campaña de Felipe Calderón, será senador de Morena. Manuel Espino, presidente del PAN en 2006, ahora comparte los templetes con quien llamó un peligro para México. Elba Esther Gordillo, la exlíder del sindicato de maestros, ahora apoya a Obrador a través de su nieto René Fujiwara. Y en la misma lista plurinominal al Senado están Nestora Salgado y el cacique del sindicato minero, Napoléon Gómez Urrutia, señalado por desviar 55 millones de dólares de sus agremiados.

El Arca de Andrés Manuel rescata por igual a antiguos miembros de la ultraderecha católica como Ricardo Sheffield (candidato a gobernador de Guanajuato), que a los exmaoístas del PT. Esas alianzas han venido con un precio. Los cuadros de Morena han sido marginados de las candidaturas alcaldes y legisladores. Los reporteros que cubren la campaña de AMLO cuentan que en casi la mitad de los mítines hay algún tipo de inconformidad contra los candidatos, que de un día para otro pasaron del PRI o del PAN hacia el partido Morena. López Obrador debe hacer llamados a la unidad, y les advierte que “amor con amor se paga”.

Pero, acaso, la alianza más importante fue la que no se dio. O no de manera explícita: con Enrique Peña Nieto. Desde que inició la campaña, cuando no sentía la presidencia en el bolsillo, López Obrador ofreció una peculiar amnistía —pero no la amnistía para los narcos o los campesinos que siembran droga— sino para Enrique Peña Nieto. AMLO lo ha repetido: no se investigará al Presidente por ninguno de los señalamientos de corrupción; al contrario, ha llamado a que se le respalde hasta el último día de su mandato. No hay pruebas de algún pacto explícito —como acusó Ricardo Anaya— pero lo cierto es que Peña Nieto no tiene por qué sentirse en riesgo. A pesar de la Casa Blanca, Odebrecht, Tlatlaya y Ayotzinapa, se irá tranquilo a su casa sin rendir cuentas.

EL HOMBRE DE DIOS

La escena ocurre en Tabasco: un joven ha caído en uno de los pantanos de la zona rural del estado. Se hunde. Se esfuerza, pero se hunde más. Por su mente pasan los recuerdos de su corta biografía. Tras ese repaso viene la certeza de la muerte. A punto de rendirse hace una oferta al Padre: Sálvame y lucharé por quienes más lo necesitan. Tras esta plegaria el joven pareciera adquirir nuevas fuerzas y, tras una intensa batalla, sale del pantano.

Escuché esta historia de dos excompañeros de Andrés Manuel López Obrador. La contaban como ejemplo de la influencia religiosa en su pensamiento. Más allá de milagros, López Obrador ha sido el político mexicano más hábil en el manejo de la fe. Se ha definido ambiguamente como “católico-cristiano-bíblico”, para abarcar a la mayoría católica, los cristianos evangélicos y los Testigos de Jehová. En su bolsillo carga dos escapularios y en sus discursos resuena la idea central del Sermón de la Montaña: bienaventurados los pobres que de ellos será el Reino.

Su partido se llama Morena, como la Virgen del Tepeyac. En su barca está Alejandro Solalinde, el sacerdote que defiende migrantes y la derecha pentecostal del Partido Encuentro Social (PES).

Tras perder la elección de 2006 López Obrador, viudo de Rocío Beltrán, empezó una nueva familia con Beatriz Gutiérrez Müller. Al hijo de esta unión estuvieron a punto de llamarlo Jesús Salvador, pero algunos amigos le hicieron ver a la pareja que si Jesús Salvador era el Hijo, entonces Andrés Manuel sería Dios Padre. Optaron por nombrarlo Jesús Ernesto, en un homenaje compartido al nazareno y al revolucionario Ernesto Guevara.

EN BLANCO Y NEGRO

En 2007 el Congreso de la Unión discutía un nuevo impuesto: el Impuesto Especial a Tasa Única. Los líderes del PRD no lo veían tan mal. Se trataba de un impuesto que había funcionado en Irlanda y que ayudaba a combatir la evasión fiscal. Si los perredistas aceptaban negociar el nuevo impuesto podrían influir en los detalles, impulsar su agenda, abrir otros temas…

Lo discutieron con López Obrador. Se encontraron un lunes en las oficinas del tabasqueño en la calle de San Luis Potosí, colonia Roma. El entonces presidente legítimo zanjó la discusión: había que oponerse a la reforma fiscal. Su argumento: al pueblo debía explicarle las cosas en términos simples, en blanco y negro. La reforma era buena o mala. Y si era una propuesta de Calderón entonces era mala.

López Obrador así ha descrito el País: como un conjunto de dicotomías. Mafia del poder contra pueblo sabio. Avión presidencial contra Tsuru blanco. Camajanes y machuchones contra políticos purificados en las aguas de Morena. La simplificación es su sello. Su propia carrera a la presidencia la ha retratado como una odisea: el camino de un héroe hacia su destino, que supera un obstáculo tras otro.

DEL ‘MOVIMIENTISMO’ AL NEOLIBERALISMO

AMLO estuvo en la portada de Proceso en febrero de 1996: “López Obrador, descalabrado”, decía la revista debajo de una imagen donde las gotas de sangre manchaban la camisa a rayas del tabasqueño. Con policías, el gobierno había desalojado un bloqueo a los pozos petroleros que encabezaba Obrador, a quien le tocó su respectivo macanazo. Los quejosos exigían que Pemex indemnizara las afectaciones a sus tierras. Era un movimiento en las calles que se enfrentaba al gobierno.

Unos meses después, en abril de 1996, Obrador vapuleó a Heberto Castillo y a Amalia García en la contienda por la presidencia del PRD. Llegó a la dirigencia de ese partido con un programa político: “el movimientismo”: que el PRD se pusiera a la cabeza de los movimientos sociales.

Esa línea se oponía a la “transición pacífica y pactada” que impulsaba Muñoz Ledo y Amalia García. Muy pronto, sin embargo, AMLO se olvidó de los movimientos sociales, y con las negociaciones de la reforma electoral de 1996, finalmente el PRD sí impulsó, en los hechos, la “transición pacífica y pactada”.

Contrario a la imagen de terquedad, López Obrador es un político pragmático, que sabe dónde está parado y adapta su ideario político a la circunstancia. Durante años fue el opositor más relevante a la privatización energética; en el sexenio de Felipe Calderón se opuso a la tímida reforma que promovió el panista, que permitía contratos de riesgo. Pero para la campaña presidencial de 2018 ha cambiado de postura: la reforma energética no se revertirá. El que tomaba pozos en 1996 y se oponía a la apertura energética en 2008, ahora, discretamente, la admite. 

CUANDO EL VINAGRE SE QUEDÓ GUARDADO

Era el primero de septiembre de 2006. El Zócalo estaba ocupado por el campamento de Andrés Manuel López Obrador, que exigía un recuento “voto por voto”. A unos kilómetros se alistaba la entrega del sexto informe presidencial de Vicente Fox. En una reunión privada al interior de una de las carpas, López Obrador proponía que marcharan a la Cámara de Diputados, que salieran del plantón y mostraran su repudio a Fox en las calles y en el Palacio Legislativo. Algunos líderes intermedios ya habían juntado botellas de vinagre: preveían que serían repelidos con gases lacrimógenos y habrían de cubrirse la boca con trapos empapados en ese líquido para poder respirar… La mayoría de sus colaboradores estaban en desacuerdo. Para resolver la diferencia se fueron a votación. López Obrador resultó derrotado: políticos como Porfirio Muñoz Ledo, Marcelo Ebrard, Jesús Ortega y Guadalupe Acosta Naranjo le ganaron: no hubo marcha a la Cámara de Diputados.

Durante años López Obrador fue el hombre fuerte del PRD, pero debía conciliar con una constelación de tribus que controlaban el aparato burocrático de ese partido: los Chuchos, ADN, los Bejaranos, Amalios, además de una lista larga de tribus que nacían y morían según la coyuntura. López Obrador se salió del PRD para construir Morena que es, sobre todo, su feudo personal. Sin contrapesos. Las postulaciones de Gómez Urrutia al Senado, de Cuauhtémoc Blanco a la gubernatura de Morelos, la alianza con el PES, entre otras decisiones polémicas, pasaron sin discusión visible. Morena, el partido que encabezará a la izquierda mexicana no ostenta la menor tradición democrática. Está por verse si AMLO gobierna como un presidente imperial; lo cierto es que gobierna Morena como el partido de un solo hombre.

EL MÉXICO DE OBRADOR

¿Cuál será el México de Andrés Manuel López Obrador? Sus alianzas, por supuesto, vienen con un precio. López Obrador ha arriado sus principales banderas. Ya no está en contra de la privatización energética. Ya no impedirá el aeropuerto de Texcoco. Ya no exige la cancelación del TLC para productos agrícolas. López Obrador es cada vez menos de izquierda para asumirse como un político de centro con un programa conservador.
El Arca de Andrés Manuel no implica solamente una alianza electoral. Busca reconfigurar el sistema de partidos de los últimos 20 años. Morena se convertirá en la primera fuerza política; el PRI y el PAN se encogerán, el PRD se tornará una rémora y emergerán el PES y Movimiento Ciudadano como jugadores serios, cada uno con una gubernatura (MC con Jalisco y el PES, Morelos). López Obrador tendrá la fuerza política para formar una nueva hegemonía política que trascienda un sexenio: un grupo con retórica de izquierda que garantice privilegios para la antigua oligarquía política y empresarial y al mismo tiempo conceda espacios de bienestar para la mayoría indignada y empobrecida. Veamos si ese proyecto tiene futuro. 



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