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Feminizar la política: ¿ganar primarias o cuestionar el poder?


Política & Feminismo en España

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"Quizás, podríamos mejor hablar de “politización de lo femenino”, de poner los cuidados, la vida, en el centro de la esfera pública, de que las instituciones estén al servicio de la personas y no de los mercados."

De un tiempo a esta parte, y con las nuevas candidaturas post 15M, se habla incesantemente de “feminizar” la política. En tiempos de primarias, por ejemplo, cuando algunas candidaturas reclaman para sí esta cualidad que ha devenido un valor en términos de capital político. Es una buena noticia que el feminismo sume y tantas mujeres nos declaremos feministas en público cuando históricamente se había impuesto cierta imagen de nosotras parecida a la que tiene el alcalde de Alcorcón: unas “fracasadas, amargadas y rabiosas”. 

Hoy, hasta la Marie Claire tiene una sección de feminismo. Si el feminismo por fin está “de moda”, y su uso se extiende, también lo hacen sus debates, como aquel encendido por los significados posibles y contestados de “feminización de la política”. Por ejemplo, su identificación demasiado fácil con la demanda de cuotas o de quién tiene más o menos rostros de mujer en una lista. ¿Poner mujeres en puestos de poder consigue que se hagan políticas feministas? Cuando mujeres como Hillary Clinton ocupan el Estado, no necesariamente transforman la política estatal, solamente nos ofrecen la ilusión de que algo ha cambiado. O en palabras de la militante mexicana Raquel Gutiérrez: “Súmese y sea el 30% del infierno” –refiriéndose a las políticas de igualdad que llegaron a Latinoamérica en los años más duros de las políticas neoliberales–. 

Sin embargo, que las mujeres estemos en primera línea de la política es muy importante por su valor simbólico. Supone una manera de estar presentes en la vida pública, de afirmar que podemos llegar a donde queramos. Aunque, como dice la concejala por Ahora Madrid, y feminista, Monserrat Galcerán, precisamente “por lo que ha luchado el feminismo es por que lo que importen sean la prácticas, el tipo de política que hacemos y no el cuerpo biológico que tengamos”.

El feminismo y la cuestión del poder


Para Galcerán, cuando hablamos de política “masculina” estamos hablando de jerarquía, de la obsesión con el mando y el poder. Es decir, la legitimación de que gobiernen quienes saben cómo gobernar para otros, o más bien, “sobre otros”, quienes tienen que obedecer porque no son capaces de autogobernarse o proteger el bien común: la política como tarea de expertos. 

Pero si algo nos ha enseñado el feminismo es a politizar nuestras vidas –buena parte de él se ha gestado en grupos donde se hablaba de política en primera persona–; a tomar las riendas de nuestros destinos y desde ahí, desde lo más cotidiano, transformarnos y transformar el mundo. De hecho, para ser justas, las mujeres no han llegado a la política hace poco, la política desde abajo ha estado muchísimas veces protagonizada por mujeres. Ahora podemos hablar de la PAH, pero la Revolución Francesa empezó con una revuelta femenina por el pan, así como numerosas protestas del hambre. Muchos procesos organizativos barriales o campesinos han estado liderados por mujeres. 

Hoy los feminismos populares latinoamericanos en torno a la defensa de derechos fundamentales o de los bienes comunes son la punta de lanza de la resistencia de poblaciones enteras. Así, la política de base está ya “feminizada”, solo que es una que parece no contar en los telediarios.

La siempre polémica bell hooks dice que “así como no se puede ser antiabortista y defensora del feminismo, tampoco puede existir un ‘feminismo del poder”, defendiendo que el feminismo está emparentado con un igualitarismo radical que no buscaría sitio entre los privilegiados sino cuestionar los fundamentos de esos mismos privilegios. Es decir, considera que la búsqueda de paridad debería ir acompañada de un cuestionamiento del espacio de poder del que se quiere formar parte. Un sistema profundamente injusto puede ser perfectamente paritario, nuestro 50% del infierno. 

¿Cualidades femeninas en política? 

Algunas nuevas políticas como Ada Colau han hablado de que “feminizar” significa transformar las formas de hacer política: más colaboración, menos confrontación u otro estilo más amable. Aquí la polémica se encendió como las Fallas valencianas, no sin motivo. Así sucedió cuando Pablo Iglesias apeló a las enseñanzas maternas sobre el cuidado para explicar su concepto de “feminización” basado en la creación de comunidad, en el sostenimiento de los vínculos, algo que reclaman también algunas feministas. Sin embargo, buena parte de las luchas históricas del feminismo ha consistido en batallar contra las “esencias femeninas” que nos asociaban al cuidado y la empatía y que implicaban un destino biológico que se materializó en el mandato de la maternidad, del sostenimiento del hogar y que precisamente nos expulsaba de la esfera pública y del mundo de la política. 

Esas cualidades que ahora se reclaman como constitutivas de una nueva forma de hacer política han tenido una imbricación absoluta con la posición social que ocupamos: el hecho de que nos encarguemos mayoritariamente de las tareas de cuidado, en esta sociedad, implica que estemos en absoluta desventaja en el mercado de trabajo. Es decir, es causa directa de que suframos las mayores tasas de precariedad laboral, vulnerabilidad y pobreza. Todo ello, factores que a su vez nos hacen más dependientes de los hombres.

Sin embargo, hay parte del feminismo que se siente reconocido en esos términos y que trata de poner en valor las cualidades que se nos asignan socialmente y que ahora están desvalorizadas porque van en contra de la competitividad que estructura nuestras sociedades capitalistas, únicamente movidas por la producción de riqueza. 

Politizar lo femenino 


Quizás, y como síntesis, antes que decir feminización de la política podríamos hablar de “politización de lo femenino”: donde partiendo de las condiciones materiales de vida de las mujeres –la mayoría atravesadas por el cuidado y la responsabilidad de llevar adelante los hogares– se puedan sacar esas tareas del ámbito privado para llevarlas al centro de la vida pública. Esa es la revolución que propugna la economía feminista, poner las instituciones al servicio de la personas y no de los mercados; donde el conflicto político principal ya no sería el clásico del marxismo: capital-trabajo, sino el del capital-vida. 

Un conflicto que puede armarnos mejor para la pelea contra el capitalismo financiero cuyos intereses pasan siempre por encima de las posibilidades de vivir bien, o incluso de vivir. Lo vemos cuando privatizan nuestra sanidad empeorando la atención o cuando los fondos buitre compran vivienda pública y desahucian a los más necesitados. Esto implica llevar el feminismo a las instituciones, y, por tanto, más que reivindicar los valores de las mujeres, se tendrían que reivindicar los del feminismo, poniendo el poder político institucional al servicio de las demandas de las organizaciones feministas y los movimientos sociales. 

Politizar lo femenino, por último, también debería implicar una política de la vida cotidiana, de la articulación por abajo de redes de solidaridad donde vincular las luchas por la igualdad y por un trabajo digno o contra los desahucios con las reivindicaciones destinadas a convertirse en políticas públicas. Como dicen las activistas de Territorio Doméstico: para llegar a “domesticar al Estado”. 

Es decir, no poner más mujeres en las listas sino a mujeres que sean conscientes de este ecosistema y que sean capaces de alimentarlo y responder ante él.






https://www.rebelion.org/noticia.php?id=230162


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