Titulares

jueves, 27 de julio de 2017

Problemas de dirección cultural de la izquierda salvadoreña (I)




En este artículo me propongo apuntar algunas notas sobre los problemas de dirección cultural de la izquierda (la autodenominada izquierda política) salvadoreña.1 Es decir, trato de poner en evidencia (algunos de) los orígenes de la incapacidad actual de los partidos de la izquierda realmente existentes, no solo para encabezar procesos de transformación social (no digamos ya de emancipación), sino también para generar discursos, prácticas y redes organizativas de sociabilidad política capaces de conectar con las aspiraciones, el pensamiento y los sentidos cotidianos de los sectores medios y populares. La incapacidad de la izquierda para conectar con la gente (para usar la jerga conocida de Dagoberto Gutiérrez) está, además, asociada a un problema práctico (y también, si se quiere, pragmático): la venidera contienda electoral del 2018 y 2019. En efecto, como concluíamos en otro trabajo:

“La derrota de ARENA en el 2009 y el 2014 (que constituye, no hay que olvidarlo, la derrota de la articulación partidaria del capital hegemónico salvadoreño) no fue (…) ‘definitiva e irreversible’. Es cierto que el partido del capital salvadoreño perdió importantes lealtades electorales hacia el 2007-2012, pero jamás el aparato se derrumbó por completo ni sufrió fracturas de las cuales le fuera imposible levantarse electoralmente. De hecho, y aún tras la ruptura que supuso la creación de otro partido de derechas (GANA), ARENA se presentó a la contienda electoral del 2014 totalmente recompuesto y con una capacidad competitiva que sorprendió incluso a los analistas más audaces”.

“No es casual, entonces, que ese año [2014] ARENA estuviera cerca de arrancarle al FMLN nuevamente el poder ejecutivo del Estado. Y la tendencia es, precisamente, esa. Nada está escrito aún, es simplemente una tendencia que como tal está sujeta a las variaciones electorales, las alineaciones políticas y la construcción de acuerdos con otras fuerzas sociales y políticas. El resultado, invariablemente –a no ser que (1) aparezca en escena una onda de protestas progresiva más o menos amplia y que el FMLN logre catalizarla o (2) que la dirección del FMLN resuelva lanzar como presidenciable a Nayib Bukele, sosteniendo el ejecutivo pero perdiendo su (escaso) poder real2–, será, ya sea la derrota electoral del FMLN en el 2019 (y el consecuente retorno de la derecha al ejecutivo), o bien la cristalización más pronunciada de los rasgos conservadores de los gobiernos de la exguerrilla”3.

El FMLN: una maquinaria técnica

Definir el carácter exacto del FMLN (es decir, su naturaleza), es un problema complejo4. Es posible que lo más sensato sea una definición polimórfica cuyos términos tiendan a ser móviles en función del ámbito al que se esté haciendo referencia. En ese sentido, el FMLN podría ser considerado, a un mismo tiempo, como (1) un partido de izquierdas tradicional (por la trayectoria histórica de sus redes organizativas internas, su pasado guerrillero, su ubicación política continental, etc.), (2) un aparato político con cabeza empresarial “gerencista” (por su relación con el conglomerado de empresas ALBA) y (3) un partido políticamente autónomo, es decir, un organismo cuyas lógicas de acción están definidas, antes que por su ligazón a una clase o sector social específico, por la dinámica misma de un grupo político particular cuyos intereses se definen, primordial aunque no únicamente, en la política y en las disputas por el orden estatal y su reproducción.

Este último aspecto es, ciertamente, el que tiende a dominar, pero solo en términos generales. El partido como aparataje autónomo subsume al partido-empresa y al partido-izquierda, pero lo hace de forma relativa (el partido-izquierda existe realmente y se reproduce –no digamos ya el partido-empresa–, no es una mera máscara de los altos burócratas para mantenerse en los cargos de dirección, sino una dimensión real, existente y activa dentro del partido) y situacional (de acuerdo a los espacios y momentos políticos).

El problema –en lo que nos ocupa– es el siguiente: la mecánica de funcionamiento del partido, aunque compleja, trabaja principalmente como una maquinaria técnica. Los “cuadros” medios y bajos son verdaderos funcionarios del partido (asalariados, algunos de ellos) en el sentido weberiano del término: es decir, individuos cuya iniciativa política es, casi por completo, nula. Cumplen ordenes técnicas emanadas de centros jerárquicos indiscutibles.

Por supuesto, las lógicas del partido-izquierda y del partido-empresa subsisten. La dinámica de acción funcionarial del partido no es absoluta (es decir, no está extendida ni en todo el territorio nacional ni en todos los espacios de acción del partido), pero es, a fin de cuentas, la que se impone y subsume las otras formas de trabajo político de la base o de los sectores intermedios. De la misma manera que el partido autónomo subsume al partido-izquierda y al partido-empresa, así mismo la lógica funcionarial subsume a otras dinámicas de trabajo político existentes. A la vez, la dinámica funcionarial potencia la lógica autonómica del partido.

Esto, ciertamente, lastra la capacidad del partido para entender los sentidos y las aspiraciones de la gente (en suma, la subjetividad popular), lo cual redunda en la imposibilidad de articular discursos, prácticas y espacios de sociabilidad orientados a la emancipación (o, siquiera, a cierta transformación social –por ejemplo, la transformación pos-neoliberal a nivel estatal y de mercado). También reduce, por supuesto, la capacidad de ganar elecciones en tanto somete el ejercicio de la política (y, más precisamente, de las campañas electorales) al campo muerto (esto es, básicamente, ausente de emociones, sentimientos y aspiraciones de cambio) de las disputas electorales tradicionales de la democracia procedimental.

La forma funcionarial de la estructura partidaria, en suma, no es sino un lastre conservador5 que imposibilita la conexión de la misma con las aspiraciones y sentidos populares, su accionar técnico rompe la capacidad del partido para absorber, de primera mano, tales aspiraciones, convierte al mismo en un aparato técnico de orientaciones unidireccionales jerárquicamente estructuradas: la política (esto es, el trabajo político) viene dada desde arriba y no existe casi ninguna correspondencia con las lógicas subjetivas de la gente.

Y, en ese sentido, el partido se convierte en un aparato como cualquier otro: desconoce por completo (o, casi por completo), no entiende (y, en ese sentido, niega) las aspiraciones de la gente, su pensar y sentir6. No le queda más que apostar, por consiguiente, a seguir ganando elecciones a costa de los instrumentos del mercado tradicional (campañas mediáticas costosas impulsadas a través de ¡los medios de la misma oposición!), las alianzas con partidos y movimientos de derecha y el empleo de tácticas minimalistas (una vía, por cierto, limitada, incluso para los propósitos electorales en sí mismos), las cuales tienden, en su conjunto, a obstaculizar más que a promover procesos de transformación social.

Notas:

1 Dada la amplitud del texto, he decidido dividirlo en dos partes: a) la primera trata del FMLN, partido gobernante desde el año 2009; b) la segunda aborda a la oposición de izquierda, es decir, a la Unidad Socialista de los Trabajadores (UST) y el Partido Socialista Centroamericano (PSOCA).

2 La fórmula de que con Nayib Bukele (el joven político y empresario mejor rankeado en las encuestas de opinión pública, muy por arriba, de hecho, del resto de “personalidades públicas”) el FMLN mantendría el gobierno pero perdería el poder, fue enunciada por primera vez, al parecer, por Dagoberto Gutiérrez (dirigente del extinto Partido Comunista y exmiembro de la dirección del FMLN). La misma refiere a una cuestión evidente: Bukele no es un orgánico de las filas farabundistas, ni mucho menos un abanderado del proyecto político del FMLN. Es, antes que nada, un empresario progresista (en comparación al empresariado tradicional aglutinado en ANEP y FUSADES).

3 Joel Arriola (inédito). La izquierda en el gobierno: radiografía del triunfo electoral del FMLN en El Salvador (2009 y 2014).

4 Yo mismo he trabajado, en otras ocasiones, con definiciones equivocadas (ver, por ejemplo, 12 tesis sobre las elecciones presidenciales del 2014 en El Salvador). Sobra decir, por tanto, que la visión aquí propuesta resulta una corrección de lecturas previas.

5 El mismo Gramsci (Cuadernos de la cárcel, tomo V, p. 53), a su modo, ya había apuntado notas en este sentido: “Los partidos nacen y se constituyen en organización para dirigir la situación en momentos históricamente vitales para su clase; pero no siempre saben adaptarse a las nuevas tareas y a las nuevas épocas, no siempre saben desarrollarse según se van desarrollando las relaciones totales de fuerza (y por lo tanto la posición relativa de sus clases) en el país determinado o en el campo internacional. Al analizar estos desarrollos de los partidos hay que distinguir: el grupo social; la masa del partido; la burocracia y el estado mayor del partido. La burocracia es la fuerza consuetudinaria y conservadora más peligrosa; si ésta acaba por constituir un grupo solidario, que se apoya en sí mismo y se siente independiente de la masa, el partido acaba por volverse anacrónico, y en los momentos de crisis aguda queda vacío de su contenido social y queda como apoyado en el aire”.

6 Esto se hizo del todo evidente tras la publicación, por el IUDOP-UCA, de su tradicional encuesta de opinión pública (junio 2017). Como los resultados dieron al traste con el discurso oficialista, al partido no le quedó más que arremeter contra el organismo universitario, reconocido por años como el más confiable del país (y, porque no decirlo, con cierta inclinación hacia la izquierda). Ver, sobre este punto, el artículo periodístico de Sergio Arauz: Medardo González pide a sus fieles que crean en el país que el FMLN vende.

Joel Arriola. Estudiante de Sociología en FLACSO-Ecuador.




https://www.rebelion.org/noticia.php?id=229589


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