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Chile / Elecciones. Las huestes se reordenan



Resumen Latinoamericano / Arturo Alejandro Muñoz, Politika / 14 de julio de 2017

Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches
se ha mezclado la vida…
(E. Santos Discépolo – ‘Cambalache’)

Estos últimos calendarios han marcado años de desorden en materia política. Los partidos –sin excepción alguna– se trenzaron en vana disputa por apropiarse del centro de la cancha. Todos desean ser reconocidos como volantes de contención o volantes mixtos, si se me permite un mal ejemplo futbolístico, pensando en la labor táctica que dentro del campo de juego recae en profesionales del balompié como Marcelo Díaz, Charles Aránguiz y Arturo Vidal.

Ningún partido político de los que forman el cuestionado duopolio quiere aparecer como derechista o izquierdista de la más pura esencia… Aseguran ser de “centro”, centro-derecha, centro-izquierda, y así, dale no más que los zorzales seguirán cayendo. Esa es la idea. Y por cierto, los “zorzales” (electores) caen.

En la campaña por acceder a La Moneda, los contendores insisten en lo de constituir el “centro político”, como si fuese la más preciada de las preseas. En estos avatares los postulantes, y sus patrocinadores, mimetizan ese “centro” con una clase media que, para los expertos en ciencias sociales, resulta difícil definir y acotar debido a la ‘majamama’ social que han parido el consumismo desatado y el endeudamiento trágico, vía tarjetas de débito o de crédito, que asfixian por dos o más generaciones a miles de familias.

La lucha por adueñarse del “centro” no cesa. Piñera declara que en la campaña por la primera vuelta electoral realizará un sólido giro ‘hacia el centro’, apuntando a ganar votos y voluntades de la inefable clase media. Ahora, para Piñera lo importante es esa especie de “new deal” con la clase media, lo que dice que en su anterior administración este sector social pesó menos que un paquete de ‘cabritas’. Y que el apellido del bloque RN-UDI (centro-derecha), tampoco consideró a esa vapuleada clase social.

La derecha –que añora otras épocas– descubrió que su sueño de gobernar durante dos períodos consecutivos requiere contar con suficiente apoyo electoral. Para tal efecto debe enfrentar ese objetivo como un gran desafío político, e impulsar un eje social que sustente los intereses económicos que defiende y protege: hacer que los sectores “medio pelo” se identifiquen con el riquerío.

“Un error nuestro –aseguró el senador (RN) Andrés Allamand– ha sido que muchas veces les hablamos demasiado a las personas que les va bien en la vida, al trabajador exitoso, y muchas veces nuestro mensaje no llega a personas que se esfuerzan, pero que no les va tan bien, y que en consecuencia requieren ayuda directa del Estado”. O sea, las víctimas del sistema.

Ese comentario del senador, agregado al de Sebastián Piñera, muestra que la derecha nunca se sintió parte del “centro”. Si hoy lo “descubre” es porque esos votos le son imprescindibles.

¿Y qué ocurre en la vereda de enfrente? Los contendores del otro lado de la vía también pretenden ser el “centro”. Antaño gritaban consignas en defensa de Cuba, de Vietnam, de Angola, y ocupaban la avenida llenándola de banderas, lienzos y canciones. “Somos los representantes de los trabajadores”, gritaban a coro. Eran exponentes asumidos de la izquierda latinoamericanista y atrevida, audaces, creativos y hasta necesarios.

Pero, algo cambió. En este caso habría que decir… mutó. Esa mutación los arrastró hacia la derecha, les hizo atravesar los umbrales del capitalismo, cruzando por el túnel de la renovación. Fueron a Europa, al hemisferio norte. Regresaron reconvertidos a la fe neoliberal, e hicieron como Clovis el año 497 de nuestra era: cambiaron de fe, se convirtieron, quemaron lo que habían adorado, y adoraron lo que antes quemaban.

Su aproximación a ese ‘nuevo mundo político-económico’ tuvo lugar cuando el plebiscito de 1988. Entonces se asociaron a un promotor del golpe de Estado que buscó exterminarles: el partido demócrata cristiano (PDC).

Los viejos tercios socialistas giraron a la derecha con ostentación y sin sonrojarse. Como todo converso, dan pruebas de su fidelidad a la nueva religión cada día que pasa. Concertación, llamaron lo que hoy conocemos como ‘Nueva Mayoría’.

Y pretendieron que ese bloque ocupa el “centro” político. Carolina Goic, presidente del PDC, declaró recientemente, a propósito del “centrismo” de Sebastián Piñera:

“Yo le diría (a Piñera) que no sea patudo. Está muy bien en el sector donde la gente respondió en la primaria, que es la derecha, y sobre todo, la derecha más conservadora. Uno en política no puede ponerse un día un traje y al día siguiente cambiárselo”.

Basta con conocer la trayectoria de la DC para darse cuenta hasta que punto Goic ignora la historia de su propio partido. Y la de sus socios.

¿Cómo reaccionaron sus socios concertacionistas ante tal declaración? Ellos también se dieron vuelta la chaqueta más de una vez, y ahora desean lucir el antiguo traje. Solo que el “centro” es un vestuario de utilería. O para ser más precisos, un vestuario de alquiler, como los disfraces de carnaval.

Elemento nuevo (¿nuevo?), al “centrismo” de ocasión le salió gente al camino. Si bien los partidos políticos se lamentaron durante años de la ausencia de la juventud en los asuntos públicos, ahora que parte de esa juventud decide entrar a la arena, las quejas, descalificaciones, lamentos, ninguneos y amenazas contra la muchachada que se insertó en la lucha política surgen desde todos los rincones del desgastado duopolio.

Sus dirigentes son “soberbios”, no poseen suficiente “experticia” (!), desprecian lo hecho por los ‘viejos estandartes’ de los partidos tradicionales, tienen “gusto a leche”, hablan “sin conocimiento de causa”. Profundos argumentos que muestran la excelencia intelectual de los voceros de Chile Vamos y la Nueva Mayoría.

Su violencia verbal se explica más por su propia inconsistencia, que por la fortaleza de esos jóvenes (y no tan jóvenes) que se reconocen en el Frente Amplio, visto que éstos, más pronto de lo esperado, desnudaron diferencias de alguna relevancia, y expusieron a la luz de la opinión pública lo variopinto de sus discusiones bizantinas.

“No somos la izquierda… somos más que la izquierda”, dijo la presidente de uno de los referentes del Frente Amplio. “Claro que somos de izquierda, sin duda ninguna”, declaró luego el entonces precandidato presidencial Alberto Mayol, sin que nadie osara hacer la clásica pregunta de las películas de Hollywood: “Defina izquierda”. Y aun menos la siguiente: “Por favor, desarrolle…”

¿En qué quedamos? ¿Son o no son? ¿También aspiran a ser el “centro”, como los demás?

“Sus dirigentes son hijos de dirigentes de la vieja Concertación”, apuntó Michelle Bachelet, sin precisar que nadie puede ser juzgado por los delitos de sus padres. “Son hijos de la élite”, aseguraron otros políticos, sin que nadie –una vez más– osara pedir: “Defina élite”. Y luego, “Por favor, desarrolle…”

Todo este intríngulis es extraño. El sistema neoliberal, con sus alas consumistas e individualistas, fue capaz, durante décadas, de anular casi por completo la imagen de la izquierda, o más bien de las izquierdas. A tal punto que quienes alguna vez estuvieron en ese sector político, le hacen el quite a la etiqueta y al contenido.

Hoy esas huestes se reordenan procurando captar y conquistar el “centro” político, para encantar con una mirada –como hace Kaa, la serpiente del Libro de la Selva, con Mowgli, el niño ingenuo–, una desfalleciente clase media que ya huele a proletariado puro y duro.

El temor fundamental lo constituye la posibilidad de regresar a los clásicos ‘tres tercios’ que poblaban la realidad política hasta 1970, echando por la borda la política de los consensos, que es la negación de la democracia.

Realidad o delirio paranoide, el duopolio no ve con buenos ojos la aparición del Frente Amplio, ni quiere “montarse un trío”. Chile Vamos y Nueva Mayoría, que tienen en común ese espacio que ambos reclaman, llamado “centro”, comparten la animadversión hacia el embrión de nueva fuerza política.

Algunos, –lúcidos u oportunistas–, intentan establecer pasarelas, puentes o viaductos según sea el grado de lejanía, o de cercanía, que dicen constatar con el aguafiestas. Parecen olvidar que esas estructuras no eliminan los abismos que hay entre las dos riberas. Apostemos a que el sabor de la ubre les hará edificar algo mejor que el Cau Cau o en estricto rigor que el Puente de Chacao: lo importante es no perder la teta.



En cuanto al Frente Amplio… Está por verse. Si es que hay algo que ver.

http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/07/14/chile-elecciones-las-huestes-se-reordenan/


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