Titulares

lunes, 26 de junio de 2017

El caso italiano



Cómo autodestruir la izquierda

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La peculiaridad italiana

Pese a algunos casos peculiares en donde los partidos tradicionales siguen dominando la escena política –véase el caso de Alemania con CDU y SPD – el replanteamiento de las narrativas políticas, sustentado por los efectos socioeconómicos producidos desde la crisis de 2008, ha influído en el terreno de la competición electoral. Es decir, que esta ya no se funda únicamente en la clásica dicotomía “izquierda – derecha”. Del ‘eje’ se pasa al ‘plano’ (dos ejes) que incluye, actualmente, el posicionamiento respeto a la Unión (en crisis de legitimidad popular). A partir de este nuevo terreno electoral, se observa que las nuevas izquierdas, al igual que las derechas nacionalistas, captan el voto de los críticos frente a la Unión. Para ralentizar el avance de estas corrientes desestabilizadoras, los partidos tradicionales tienden a aglutinarse en un nuevo centro liberal, retóricamente regenerado y pro-UE. El escenario que se presenta, por ello, es el siguiente: un centro moderado que busca captar el voto liberal, demonizando la “amenaza populista” (a menudo asociada a la demagogia) frente a una nueva izquierda radical (y tendencialmente horizontal) y/o una derecha ultraconservadora, reaccionaria, eurofóbica.

En el caso francés nos hemos enfrentado a una competición electoral monopolizada por los representantes de estas nuevas narrativas políticas (el ganador Macron, hijo del intento de regeneración europeísta, y Marine Le Pen, líder moral de los euroescépticos). En España, el centro pasa por la necesaria cohabitación entre PP, PSOE y Ciudadanos frente a la única alternativa que se presenta en la nueva izquierda de Podemos. Finalmente, observamos cómo en Italia el centro de la acción política se ha movido hacia el lado derecho del tablero ideológico: tanto por los principales temas tratados en la esfera de la opinión pública, como por los actores políticos involucrados en el mismo proceso de agenda-setting. Los partidos que puedan colocarse ideológicamente en el lado izquierdo del tablero se encuentran marginalizados, fragmentados en una multitud políticamente irrelevante. Nos preguntamos, ¿por qué esta anomalía? ¿Por qué un país con una fuerte tradición “roja” (el Partito Comunista Italiano estuvo entre los más importantes y votados en Europa) no presenta un partido fuerte que abandere la ideología socialista?

La fragmentación y marginalización de la izquierda en la era Renzi

En efecto, la izquierda (entendida como sujeto político) que se autodefine como tal logra un consenso mínimo, frente a la repartición de la tarta electoral entre tres grandes polos. El más relevante en la actualidad es el polo del centro liberal (abanderado por el Partito Democratico del ex primer ministro Matteo Renzi, ganador por mayoría absoluta de la carrera a la Secretaría General de su partido el 30 de abril pasado); después, la histórica coalición de centro-derecha (que incluye a Silvio Berlusconi y al líder del partido eurófobo Matteo Salvini) y, finalmente, el Movimento 5 Stelle, el cual ha contribuido al giro derechista de los últimos años. Ahora bien, a pesar de que dichos polos no son precisamente estables (el M5S y la Liga Norte comparten ideas muy próximas sobre la Unión Europea), ningún partido que los conforme puede ubicarse de forma clara en la izquierda.

El mismo Partito Democrático (partido de gobierno que, hace 10 años, aglutinó varias almas de la izquierda italiana) se demostró políticamente afín al “adversario de siempre”, Silvio Berlusconi. La propia alianza entre el magnate y Matteo Renzi -- establecida en enero de 2014 y denominada “patto del Nazareno”-- marcó el fin de la experiencia izquierdista del PD. La tendencia a abandonar ese lado del tablero venía ya marcada por el acuerdo de larghe intese (gobierno de coalición) de 2013, que incorporó a Enrico Letta (PD) como primer ministro. Un acuerdo “necesario”, según lo calificó el exsecretario del PD, Pierluigi Bersani, “para frenar el avance del M5S”. Sin embargo, los seísmos que se han ido sucediendo y que han provocado una serie de escisiones dentro del PD se han producido enteramente durante el primer periodo de Matteo Renzi como secretario general (diciembre 2013- febrero 2017).

Emergen partidos como Possibile, Sinistra Italiana, Articolo Uno: Movimento Democratici e Progressisti, además del movimiento político Campo Progressista liderado por el ex alcalde de Milán Giuliano Pisapia. Aunque en estos momentos cuentan con representación parlamentaria --la de los diputados escindidos del PD- estas formaciones tienen muy difícil repetir su presencia en la Cámara porque ninguno de ellos alcanza el umbral electoral, situado en el 3%. Los sondeos muestran que todos estos partidos inscritos potencialmente en el área de izquierda no alcanzan, en conjunto, una cifra de dos dígitos. Por el momento, el único que podría aspirar a representación parlamentaria sin recurrir a alianzas sería Articolo Uno: MDP, partido surgido tras las tensiones entre el grupo mayoritario del PD (liderado por Renzi) y la resistencia interna del grupo liderado por el histórico socialista Pierluigi Bersani. Sin embargo, hay ciertas diferencias ideológicas que permiten entender por qué se han producido estas rupturas, esta fragmentación tan nociva – electoralmente hablando – en el seno de las varias almas de la izquierda italiana.


Razones y lógicas de la marginalización de la izquierda: la fragmentación

En primer lugar hay que tener en cuenta el sistema y las leyes electorales de las últimas dos décadas. La Segunda República ha transcurrido entre leyes electorales proporcionales y mixtas, que han favorecido el surgimiento y crecimiento de pequeños partidos, que han tenido (y siguen teniendo) un papel fundamental a la hora de garantizar la mayoría en Parlamento en favor del Ejecutivo. Aunque este papel haya sido desempeñado prevalentemente por los partidos de centro (UDEUR y UDC en el pasado, NCD y otros en el presente), eso no ha impedido que pequeños partidos de izquierda contribuyeran a esa función. Después del macroproceso judicial Tangentópolis y la implosión del Partito Comunista Italiano, las escisiones y fracturas fueron – y siguen siendo – algo habitual. El surgimiento de estos partidos --electoralmente pequeños pero muy relevantes a nivel parlamentario– se ve incentivado por la generosa financiación pública de partidos, uno de los pilares del sistema político italiano. Ese elemento, combinado con la relativa facilidad para entrar en el Parlamento gracias a la ley electoral, explica por qué se ha producido esa fragmentación. En el período del auge del bipolarismo (entre 2006 y 2008, durante el segundo Gobierno Prodi), la coalición de la mayoría de centro-izquierda contaba con hasta 16 partidos, todos regularmente financiados con dinero público. Una primera vuelta de tuerca se concretó con la unión de los dos partidos más poderosos del centro-izquierda (el Ulivo y la Margherita), dando a luz, en 2007, al Partito Democratico y cobijando tanto la experiencia de la izquierda socialista (Ulivo) como de la Democracia Cristiana (Margherita).

Desde entonces, el PD ha marcado el rumbo de los gobiernos de centro-izquierda. En los primeros años (2007-2013) fue la rama más izquierdista del PD la que lideró el partido (desde Walter Veltroni hasta Pierluigi Bersani). Sin embargo, tras las elecciones de 2013, cuando se produjo la eclosión del M5S, las nuevas primarias celebradas en el partido otorgaron una victoria aplastante a Matteo Renzi. El joven democristiano – con una trayectoria relevante en la política nacional, tras su paso por la presidencia de la provincia de Florencia y la alcaldía de esta ciudad – cambió definitivamente el rumbo del partido. Tras la defenestración del ex primer ministro Enrico Letta (del mismo PD) asume el cargo más alto del Ejecutivo y, desde ese mismo momento, da paso a la última fase de centralización del partido. Durante los siguientes cuatro años empiezan a surgir partidos minoritarios formados por antiguos diputados y senadores del PD. El hecho de que todos los líderes de las nuevas formaciones (Possibile, Sinistra Italiana, MDP) formaran parte del PD les ha restado frescura en sus propuestas y capacidad para atraer votantes. Ninguno de ellos (Giuseppe Civati en Possibile, Pierluigi Bersani en MDP, Stefano Fassina en Sinistra Italiana) procede de un contexto nuevo, externo al mundo hipermediatizado de la política italiana. Sus figuras están marcadas por el pecado original de haber militado en el PD. Además, falta un liderazgo claro, fuerte, carismático, que permita a estos partidos minoritarios coaligarse y ganar credibilidad.

De facto, aunque en Italia no influya demasiado la teoría del voto útil (una vez más, debido al sistema electoral proporcional y, posteriormente, mixto), hay poca confianza en estos partidos debido, en gran parte, al propio devenir de la Seconda Repubblica, en la que estas formaciones minoritarias han jugado un papel decisivo a la hora de mantener (o hundir) los gobiernos, lo que ha fomentado una percepción pública negativa. En definitiva, la fragmentación y marginalización de la izquierda en Italia podría analizarse en tres etapas distintas: la primera va de la disolución del PCI hasta la fundación del PD (1991-2007); la segunda, el período izquierdista del PD (2007-2013); y la tercera, el período democristiano (2013-2017). Este último, como se ha visto, representa el punto de mayor inflexión electoral en la historia de la izquierda italiana.



La izquierda dispersa: entre las ilusiones del PD, del M5S y la abstención

La decisión del Partito Democratico de colocarse en el centro del tablero no le ha restado atractivo para los moderados de centro-izquierda. La misma figura de Renzi, pese a haber perdido parte de la fuerza renovadora que supuso hace unos años, sigue estimulando a buena parte de los moderados, ya sean jóvenes, menos jóvenes, más de derechas o más de izquierdas. En definitiva, Renzi consigue atraer a parte del electorado de izquierda por su carisma (sin duda es el mejor orador en la escena política italiana), por su capacidad de debatir y por su proactividad.

En un período histórico dominado por los liderazgos fuertes y hasta autoritarios, el ex primer ministro italiano se encuadra perfectamente en esa categoría de personas de élite. Él mismo intentó cambiar el eje del juego y estimuló (con éxito) una narrativa fundada en el contraste entre el viejo y lo nuevo. El propio M5S (Movimento 5 Stelle de Beppe Grillo) también se ha beneficiado de ese planteamiento y ha conseguido captar el voto --sobre todo de los extremos-- de los desilusionados de izquierda (al menos en una primera etapa, entre las elecciones nacionales de 2013 y las europeas de 2014) y de una parte de la derecha, al autodefinirse como movimiento “postideológico”. En los últimos años, el M5S ha virado más hacia la derecha, tras la alianza con Farage en Europa, el apoyo a Trump y a Le Pen, el replanteamiento de las fronteras y la recuperación de la plena soberanía frente al monstruo europeo. En todo caso, esa postura no le ha impedido seguir siendo un partido extremadamente atractivo para todos los indignados, para aquellos que creían en un proyecto revolucionario y para quienes abogan por la participación directa del ciudadano en la vida pública.

Finalmente, no podemos olvidar la alta tasa de abstención que prevén lo sondeos (en torno al 40%) en las próximas legislativas que aún no tienen una fecha fija (podrían ser en otoño o en 2018). La abstención se alimenta, en buen medida, de ese electorado de izquierda que no se identifica con ningún partido y por los desilusionados que no se autoposicionan en el tablero ideológico. Su actitud podría resultar determinante para revitalizar la izquierda en Italia. Pero, a día de hoy, no hay ningún partido, ni figuras carismáticas, capaces de reanimarla por lo que la nueva izquierda en Italia, de momento, parece una pura quimera.








https://www.rebelion.org/noticia.php?id=228397

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