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Una moción de sentido común


Cuarto Poder


Tenía toda la razón, sin duda, Antón Losada, cuando nos decía que la mejor garantía de que Podemos da en el clavo con su moción de censura es la lluvia de críticas que ha provocado. Y también, desde luego, la calidad de las mismas. De nuevo, otra vez, todos parecen haberse puesto de acuerdo entre las filas del bipartidismo y de esos medios de comunicación que hasta hace poco ejercían en este país un poder tan absoluto. Es imposible mejorar la imagen propuesta por Antón Losada: “una respuesta sobreactuada de primadonnas ofendidas”. La iniciativa de la moción de censura es -dicen con sorna- un “numerito”, una “charlotada”, un “circo”, puro “narcisismo” para llamar la atención… Y lo dicen esos señores, con esa cara, con esos aires, con esa corbata, todos esos presuntos probables mafiosos que hasta hoy se sentían invulnerables en su dictadura mediática, judicial y parlamentaria. Esos ademanes sarcásticos desde las alturas funcionaban en otros tiempos, cuando el grupo PRISA privatizaba las tres cuartas partes del lecho trascendental del espacio público (es decir, de la libertad de expresión) y Pedro J. Ramírez la otra cuarta parte. Entonces, marcaban los límites del sentido común y, como leones que señalan su territorio con orina, decidían sobre lo tolerable y lo intolerable, lo risible y lo grotesco, desde unas tribunas a las que nadie podía responder, mientras los ciudadanos teníamos que mordernos la lengua impotentes, ahogados en nuestra rabia y nuestra indignación, al tiempo que el espectro político se agotaba sin remedio en un bipartidismo sin fisuras.

Pero esos tiempos se han acabado. No del todo, desde luego, pero sí sensiblemente. Han ocurrido algunas cosas: en primer lugar, la revolución del poder mediático que trajeron las redes sociales en internet, y, después, la aparición de Podemos, como un agente no invitado, absolutamente inesperado, en el espacio político. Y se han puesto como hienas, a morder al aire como perros rabiosos. Hay ocho millones de votos representados en el Parlamento por el PP. Pero hay cinco millones de votos representados por Podemos y van a tener que aguantarlos. Una moción de censura es algo muy bien amparado en nuestro orden constitucional, no es una performance hippie en un semáforo. Así están las cosas, se siente: hace muy poco tiempo aún, la trama mediática, política y económica tenía todas las instituciones en sus manos; y nosotros teníamos la calle, es decir, al parecer, bien poca cosa. Porque la calle no tenía altavoces, no tenía periódicos, no tenía instituciones, no era nada: sólo gente que gritaba de vez en cuando en manifestaciones numéricamente equiparables -como dijo una vez Esperanza Aguirre– a los hinchas que llenan la Castellana después de una victoria del Real Madrid.

Pues bien, ocurre que ahora sí tenemos una buena porción de instituciones. Tenemos, por ejemplo, los ayuntamientos más importantes del país (y no lo estamos haciendo nada mal). Y mira por dónde, tenemos el poder institucional para plantear una moción de censura. Y, por supuesto, no lo vamos a desaprovechar. No es un numerito de circo. Es nuestro derecho y nuestra esperanza: lograr que caiga una censura ciudadana sobre un partido, el Partido Popular, que, en nuestra opinión (al menos en la mía) debería ser ilegalizado (cosa que, desde luego, sólo compete al poder judicial decidir). Un partido, que, en realidad, hace ya una década que se integró en la banda armada de las Azores, declarando la guerra a Iraq y colaborando en provocar una tragedia humana que bien pronto causó al menos un millón de muertos y que contribuyó, después, a convertir este mundo en una tragedia espeluznante en la que los muertos siguen amontonándose de decenas en decenas de millares. En ese momento mismo, el PP debería haber sido juzgado por terrorismo internacional a gran escala. Ahora, quizás un poco como le pasó a Al Capone, tendrá que ser censurado por un delito menor: haber corrompido o, como dijo Pablo Iglesias en la Sexta, haber parasitado y secuestrado todas las instituciones públicas, robando dinero público, extorsionando fiscales, corrompiendo funcionarios, pisoteando, en suma, todas las articulaciones del estado de derecho. Tranquilos, en Podemos no pretendemos aún ilegalizar al Partido Popular y encarcelar a sus cómplices por colaboración con banda armada y complicidad en crímenes contra la Humanidad. Por ahora se trata, tan sólo, de una modesta moción de censura. Con setenta diputados, no nos podemos permitir más. Seguramente pasará como otras veces, y tendremos que esperar todavía un poco a que alguna nueva Hannah Arendt nos obligue a reflexionar públicamente sobre la banalidad del mal y el colapso moral y político de una población que sabe pero no quiere saber que sabe que vive en un Auschwitz invertido, en el que nos hemos encerrado en un campo de concentración de lujo rodeado de alambradas y cuchillas, dejando al sistema económico neoliberal la tarea del exterminio masivo de la población sobrante del planeta.

A la espera de replantear la responsabilidad penal de nuestros Eichmann (Aznar y Bush siguen por ahí diciendo que el mundo ha mejorado mucho gracias a la invasión de Iraq), nuestras lumbreras intelectuales continúan dándole vueltas a la complicidad de la población alemana con el holocausto en aquellos años de la Segunda Guerra Mundial y se rasgan las vestiduras porque en Podemos planteamos una modesta moción de censura en el Parlamento para intentar que se vaya Rajoy y que deje de gobernarnos un partido que ha sido imputado como una organización criminal, que se ha financiado ilegalmente (incluso, al parecer, con dinero venezolano) y que tiene a la mayor parte de sus altos cargos políticos imputados, un partido que, además, ha intentado secuestrar los poderes del Estado para salir del paso en este mal trago judicial. Y se dice que esto es un numerito de circo y una extravagancia. Sin embargo, con la moción de censura pretendemos objetivos políticamente acordes con una total normalidad democrática: igual que a los delincuentes se les encarcela, a las mafias no se las deja gobernar. Es puro sentido común. Para los que se escandalizan chillando que no es el momento oportuno, hay que decir que nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para recuperar el sentido común. Se comprende que cuesta un poco, porque no en vano cargamos a nuestras espaldas con varias décadas de dictadura mediática, en la que se ha llamado libertad de expresión al poder omnímodo de dos o tres oligopolios mediáticos para delimitar -según la expresión del filósofo Günther Anders– “los límites de nuestra conciencia”. Esto es difícil de contrarrestar, pero no es imposible.

Pensemos en el caso del propio Günther Anders que, al fin y al cabo, fue (aparte de, curiosamente, uno de los maridos de Hannah Arendt) una de las voces más destacadas del pacifismo alemán, un señor que ahora también está de moda estudiar. El caso es que Anders se enfrentó en su momento a una situación en la que, según su propio diagnóstico, lo delirante se había convertido en normal y lo normal se consideraba extravagante. Dedicó muchos esfuerzos a intentar convencer al piloto que arrojó la bomba sobre Hiroshima -que enloquecido por los remordimientos había acabado en un psiquiátrico-, que no era él quien estaba enfermo, sino la sociedad que aceptaba esa normalidad aberrante en la que se podía convivir sin despeinarse con el genocidio. En los últimos años de su vida, desesperó en su tarea de hacer recobrar el sentido común y empezó a decir cosas raras; abandonó el credo pacifista, explicando, en resumen, algo así como esto: “me he dado cuenta de que el pacifismo no es eficaz. Llevamos décadas clamando en el desierto para nada. La humanidad está amenazada por individuos de chaqueta y corbata que parecen inofensivos hombres de negocios o ingenuos políticos parlamentarios, pero que han convertido este mundo en una matanza cotidiana. No hay más remedio que asustarles, que obligarles nosotros también a que se sientan a su vez amenazados”. En la citada entrevista, Anders proponía matar de vez en cuando a alguno de ellos, aleatoriamente, de modo que no pudieran saber quien sería el siguiente en morir. No parece, ¿verdad?, que haya que seguir el consejo del gran filósofo del pacifismo alemán. Una moción de censura es, sin duda, una medida más moderada y civilizada. Es el camino que hemos elegido, convocando también a una marcha el día 20 de mayo que sirva para que todos empecemos a recuperar, poco a poco y con paciencia y buena fe, el sentido común.Carlos Fernández Liria. Profesor de Filosofía de la UCM. Su última obra publicada es ‘Escuela o Barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda’ (Akal, 2017).



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