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¿Por qué el boom de la afrodescendencia?


IPS

La racialidad ha sido, posiblemente, el tema más vilipendiando en la formación de la nación cubana y el racismo se sigue reproduciendo, de forma consciente o no, desde un modelo de pensamiento que considera como inferior a la población de origen africano.


Tras dos décadas de trabajo, el movimiento afrodescendiente cubano despierta interés y sospechas entre diversas corrientes políticas, mientras crecen propuestas por un nuevo enfoque que permita completar la agenda de equidad social que ha llevado por más medio siglo la revolución cubana.

Escenario del Movimiento Antirracista Cubano

A dos décadas del surgimiento del movimiento antirracista cubano, comienza a advertirse un consenso incipiente de grupos, activistas, intelectuales y académicos, quienes durante los últimos dos años han realizado seminarios y encuentros –algunos internos en la ciudad de Cárdenas– para analizar logros y dificultades, pero sobre todo poner la mirada en el futuro inmediato y el de largo alcance. Se trata de un fenómeno que intenta avanzar en el escenario global de América Latina y el Caribe de la Hispanidad, aunque tropieza con el obstáculo secular según el cual debatir públicamente el racismo pone en riesgo la unidad de naciones que fueron construidas con la exclusión de pueblos originarios y afrodescendientes, donde la dicotomía “raza-nación” constituyó un privilegio para las clases altas, que calificó como ciudadanía solo a personas blancas.

Para el modelo civilizatorio español y portugués, el racismo ha sido considerado un conflicto exclusivo de la sociedad anglosajona porque, de acuerdo a este enfoque, el mestizaje cultural, como política de Estado, garantiza las mismas oportunidades para todos los grupos sociales. Se trata de un paradigma social que invisibiliza las desigualdades racializadas en la población afrodescendiente, calculada por la Comisión Económica para América Latina (Cepal) en más de 200 millones de personas que padecen los mayores niveles de pobreza y falta de oportunidades en este continente.

La discriminación racial a personas de origen africano no ha perdido su pujanza con el paso del tiempo y todavía en el imaginario social sigue vigente la inferiorización impuesta por el modelo colonizador, convertido ahora en proceso de colonialidad, en el cual el fin de la esclavitud africana no significó para todas las personas afrodescendientes una posibilidad real de avanzar en la movilidad ascendente, a pesar de cambios sociales importantes. El fin del colonialismo como proceso de expropiación territorial e intervención política no representó, necesariamente, un cambio de mentalidad heredera de una ilustración latinoamericanista racista. La colonialidad, como variable perversa de exclusión, no ha aceptado todavía que la desconstrucción del racismo no es nunca un proceso espontáneo.

Se trata de un tránsito extremadamente complejo y a su vez doloroso para quienes sufren la humillación de ser excluidos por la filosofía del racismo y, al mismo tiempo, un proceso de evasión para quienes no padecen el impacto de la exclusión por razones identitarias. En el imaginario social de los herederos de las clases privilegiadas y de los nuevos estamentos de poder no es aceptada la presencia sistémica y estructural del racismo como un legado histórico, en el cual la discriminación racial atraviesa el orden social establecido.

Un factor conceptual imprescindible en este contexto es recordar la contribución decisiva de la población de origen africano a la formación del capital originario. En el transcurso del tiempo, para quienes siguen padeciendo desigualdades sociales debido a una característica fenotípica que se expresa, sobre todo, en diferentes gamas del color de la piel, el conflicto continúa como un asunto pendiente. Recientemente, algunos grupos plantean que no somos pueblos africanos, lo cual en cierta manera es una verdad, pero el rechazo a la asunción de la africanidad deja de lado la base epistemológica del racismo que socialmente evidencia la inferiorización para quienes representan una identidad marcada, inexorablemente, por la memoria de la esclavitud africana.

En Harvard afrodescendientes del movimiento antirracista cubano

Auspiciado por el Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas y el Hutchins Center, tuvo lugar los días 14 y 15 de abril, en la Universidad de Harvard, un encuentro titulado “El movimiento afrocubano: activismo e investigación. Logros y desafíos”, con el propósito de trazar una mirada a dos décadas de trabajo y la participación académica de intelectuales, activistas, grupos comunitarios y emprendedores y también de un reducido grupo de investigadores sobre temas cubanos relacionados con la historia, la sociología y otras especialidades.

La idea fue diseñada con el objetivo de propiciar el diálogo que permitiera hacer un balance de logros y desafíos en el tiempo transcurrido, pero con la mirada en los retos inmediatos y futuros. La mayoría de las personas participantes coincidió en que existen avances, si bien falta mejor organización y articulación. En ese sentido, predominó la idea de fortalecer la construcción de un movimiento antirracista capaz de abandonar el mito de un discurso victimizado detenido en el pasado, en un país que durante más de medio siglo ha obtenido transformaciones notables en materia de equidad social en la región.

El balance pudiera resumirse en cuatro puntos básicos. El primero fue que el movimiento antirracista afrodescendiente cubano no puede esperar apoyo de la sociedad miamense cubana, donde prevalece un pensamiento que se expresa, sobre todo, en medios de comunicación que no solo niegan la existencia del racismo como fenómeno global que se fortalece en el mundo actual, sino que además persisten en ellos expresiones conceptuales de un racismo anti-negro con visos ofensivos que corresponden a una época ya superada, tanto en Cuba como en Estados Unidos.

Un segundo elemento que contribuyó a enriquecer el intercambio fue el papel que han tenido determinados sectores de Estados Unidos en ofrecer financiamiento para tratar de subvertir el orden en la sociedad cubana, utilizando como pretexto el tema de la racialidad. Quedó claro que las intenciones de grupos disidentes afrocubanos ponen énfasis en un cambio de sistema y no en la deconstrucción del racismo como secuela de una historia colonial que ha ganado espacio en la actualidad.

En tercer lugar, fue visibilizado un ingrediente sociológico: la presencia de un grupo de personas afrodescendientes emprendedoras, algunas con más éxito y otras con avances moderados. Ello determina un aporte importante a los desafíos de la actualidad, cuando la mayoría de las familias con más oportunidades proviene de la clase media blanca y recibe apoyo de sus parientes, sobre todo desde Miami.

Igualmente aportó al diálogo la presencia de un acompañamiento institucional del grupo latinoamericano CLACSO, de Ciencias Sociales, para una mayor producción de conocimiento sobre el movimiento antirracista afrodescendiente cubano, con el anuncio de una cátedra de estudios para beneficio no solo del mundo académico, sino también de grupos de activistas.

Aproximaciones al paradigma cubano

En este escenario, un país pequeño, ubicado en el mediterráneo caribeño, mostró que era posible revertir la pobreza extrema y propiciar un modelo social de equidad social y solidaridad. Una nación que ha logrado un proyecto educativo masivo, que ha permitido contar con una alta cifra de médicos por habitantes, quienes además ofrecen sus servicios en latitudes abandonadas, en momentos de desastre o con poco desarrollo social. Una sociedad donde más del 66 por ciento de los profesionales cubanos son mujeres.

Después de más de medio siglo de historia revolucionaria, con logros en materia de equidad educativa, cultural, científica, deportiva y social en general, las propuestas para contribuir a eliminar el racismo y la discriminación se incluyen en una agenda con múltiples expectativas, en medio de paradojas notables. De ahí que cause asombro que solo la discriminación racial no cuente con la atención que el asunto exige en una sociedad donde la composición identitaria, a simple vista, muestra una presencia tal vez de 50 por ciento de personas no blancas, aunque los datos oficiales del censo señalen otras cifras.

Para poder entender la discriminación racial en la sociedad cubana, es necesario colocarse en la dimensión geopolítica de un contexto que trasciende el espacio territorial de la isla y analizar el tema desde una dimensión más abarcadora. Se trata del papel que ha tenido la epistemología de la hispanidad, marcada por la negación del racismo como una constante que tiene sus orígenes en el modelo colonizador de dominación. Cuba, a pesar de éxitos sociales sin precedentes en el área, no ha logrado escapar de la complejidad misma del racismo, un asunto que evidentemente trasciende los sistemas políticos, asociado al impacto del sistema colonial y a la modernidad capitalista.

La realidad es que a las personas de origen africano les resulta más difícil avanzar en los espacios de empoderamiento y toma de decisiones. Este enfoque plantea la urgencia de crear un corpus conceptual que contribuya a desmontar aquellos pensamientos que rechazan asumir el racismo como parte de una cultura secular, sostenida en los tiempos actuales para hurgar en aquellos aspectos decisivos de la cubanidad que fueron estructurando el surgimiento y evolución de las ideas racistas en Cuba.

Desde el punto de vista conceptual, se trata de un conflicto que la historiografía burguesa no ha considerado y la actual tampoco ha logrado incluir: el papel del liderazgo afrodescendiente en la formación de la nación cubana; lo que dificulta una comprensión del tema para una mayoría de la sociedad cubana actual. Resulta difícil justificar la falta de prioridad institucional hacia la discriminación racial en Cuba, mientras que el resto de las discriminaciones han ido encontrando formas organizativas de institucionalidad, investigación y activismo social para revertir su impacto. Sobre todo cuando la revolución misma ha creado un sistema de instituciones con recursos básicos para iniciar la deconstrucción de aquellos arquetipos culturales discriminatorios, de comportamiento, involucrados en la búsqueda de la equidad y la justica social.

Se trata de la posibilidad de completar el paradigma emancipatorio revolucionario, un conflicto que significa, precisamente, fortalecer el sistema dentro de una nación que ha obtenido avances notables. Se trata de un escenario socio político donde las familias blancas están reconformando sus capitales patrimoniales con la ayuda de las remesas que reciben de sus parientes emigrados en Miami y otras ciudades de Estados Unidos, lo que les permite un empoderamiento rápido y seguro, en un contexto donde comparten el rechazo al racismo.

La racialidad ha sido, posiblemente, el tema más vilipendiando en la formación de la nación cubana y marcó un estilo de tratamiento polarizado entre exclusión-inclusión. En los tiempos actuales, esa injusticia histórica se ha seguido reproduciendo, de manera consciente o no, a partir de un modelo de pensamiento cuya esencia epistémica conserva rasgos importantes del ideal primigenio que consideraba a la población de origen africano como de seres humanos inferiores.

Por razones históricas, las familias afrodescendientes han estado más dependientes de los subsidios estatales y, al mismo tiempo, la emigración afrodescendiente no pudo adquirir un estatus económico similar al de las familias blancas, precisamente por la exclusión de la cual ha sido víctima. Por tanto, las familias de origen africano se encuentran ahora más desprotegidas para alcanzar un proceso de empoderamiento. Desde esa misma perspectiva, en el orden estructural se encuentra la carencia de una producción de conocimiento básico que debería estar presente, como parte de un soporte teórico que contribuya a la legitimidad de propuestas antirracistas en la agenda cubana actual. Ello influye en la falta de consenso institucional y de la sociedad civil.

Cuba, junto al resto de América Latina y el Caribe hispano, debe enfrentar la metáfora del mestizaje cultural como política de Estado y promovido por un modelo civilizatorio de dominación, según el cual “todos somos iguales” porque somos el resultado de una fusión cultural. Sin embargo, ese concepto no tiene en cuenta el papel de los estamentos clasistas, donde la pobreza y la desigualdad corresponden a determinados grupos sociales con una identidad específica.

Para el discurso social cubano más generalizado resulta espontáneo o natural que las personas que sufren la discriminación racial acepten su subalternidad, lo que ha influido en modelos de lucha en solitario y en la existencia de proyectos vulnerables, en los cuales es difícil alcanzar una unidad estratégica. Para la población afrodescendiente, el dolor y el miedo instalado en la memoria colectiva, como consecuencia de la exclusión sistémica, ha causado daños espirituales y psicológicos a veces irreparables en la autoestima de quienes sufren la discriminación racial. La historia de la esclavitud africana mostró que solamente cuando las personas esclavizadas pudieron consolidar proyectos de lucha colectiva, vencieron al colonizador.

Un asunto importante en la deconstrucción del racismo es que su existencia determina las relaciones entre racialidad y poder, como consecuencia de la discriminación racial sistémica, que ha impedido que la población afrodescendiente ocupe los espacios que le corresponde en la toma de decisiones, por su contribución histórica en la formación de la nación cubana. Es importante recalcar que la identidad fenotípica no significa, espontáneamente, la asunción de una posición ideológica antirracista, sino que es la evolución de la conciencia social la que determina la posición política de personas y grupos. En ese sentido, queda claro que lograr un programa común antirracista demanda de aprendizaje, tiempo y comprensión. Las acciones sociales antidiscriminatorias a veces son entendidas, desde el discurso de la víctima, como acciones engañosas, como resultado de una fragmentación que tiene sus orígenes en el modelo colonialista, que impide en ocasiones aprovechar las más mínimas oportunidades para saltar la barrera histórica y contemporánea del racismo.

Perspectiva inmediata

Luego de dos décadas de trabajo, el boom del movimiento afrodescendiente cubano despierta interés y sospechas, al mismo tiempo, entre diversas corrientes políticas, en particular para algunas voces racistas de Miami que, de modo furibundo, continúan ancladas en el pensamiento antinegro del siglo XIX. Aunque también en la isla hay quienes sostienen ideas cercanas a ese racismo secular, crecen propuestas que buscan un nuevo enfoque que permita completar la agenda de equidad social que ha llevado por más medio siglo la revolución cubana.

Desde una perspectiva global, se trata de intereses que buscan conocer qué ocurre con el binomio racismo-antirracismo, como resultado del modelo social capitalista, lo que Immanuel Wallerstein definió como el sistema mundo. Es decir, se trata de un escenario global donde la polaridad riqueza-pobreza amenaza con incrementarse. Un fenómeno que está adquiriendo una reconfiguración que parecía inaudita cuando, en el cercano siglo XX, se pensaba en la utopía del “progreso”, que promovía el ideal de una vida próspera y también como resultado de los avances tecnológicos.

El conflicto por la equidad social para diversos grupos –dígase mujeres, jóvenes, gay, lesbianas, personas discapacitadas, nuevas religiosidades no cristianas, pueblos originarios, afrodescendientes y otros– adquiere carácter de vida cotidiana. En diversos lugares del mundo, para personas de identidades étnicas y culturales diferentes, el sueño de un mundo de paz se ha tornado en pesadilla de guerras no declaradas, desplazamientos, discriminaciones masivas en perspectiva creciente, como consecuencia de un modelo social globalizado, donde las élites financieras, muchas de ellas herederas de los sistemas coloniales esclavistas, controlan la economía mundial.

En este nuevo contexto planetario, las antiguas monarquías se han ido transformando en capitales financieros, mucho más sofisticados, sin rostro visible, ni territorios. De modo general, los países que no forman parte de la élite de poder han quedado a expensas del capital financiero y militar industrial mundial, que intenta expropiarse de recursos ubicados fuera de sus territorios. Este nuevo apocalipsis, no descrito en la metáfora bíblica de modo evidente, ha colocado en peligro el equilibrio climático y el medio ambiente en general, incluido el planeta mismo en su conjunto. Se trata de fenómenos interconectados que, a pesar de avances sociales y tecnológicos, comienzan a mostrar, paralelamente, sociedades donde la discriminación, particularmente la racial, adquiere formas más agresivas y visibles, que trascienden incluso a los sistemas políticos, en un escenario donde también los movimientos antirracistas se apoderan de espacios participativos.

Por otra parte, los avances antidiscriminatorios contra el modelo patriarcal, donde está presente el derecho de las mujeres para ocupar nuevos espacios sociales, forman parte de esa búsqueda por la equidad social. Se debilita la polaridad entre los espacios de poder masculino-blanco, históricamente inexpugnables, aunque todavía queda un trecho por andar.

La Tercera Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial y otras formas conexas de Xenofobia, celebrada en Durban, Sudáfrica, en 2001, marcó un punto de partida para los movimientos antirracistas, aunque sus acuerdos –conocidos como Plan de Acción de Durban– han sido poco divulgados por los gobiernos y escasamente conocidos por la sociedad civil. A esa propuesta ha seguido el Decenio Afrodescendiente 2015-2024, un período donde los movimientos antirracistas en las Américas emprenden un nuevo protagonismo, que va abriendo una brecha desde la propuesta de reconocimiento, justicia y desarrollo. 
Gisela Arandia Covarrubias, investigadora y escritora cubana 






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