Titulares

miércoles, 10 de mayo de 2017

Demarcación territorial y mutilación corporal



Pese a sus catastróficas consecuencias, la violencia en el mundo es un tema que, en los múltiples imaginarios colectivos, suele cobrar relevancia sólo cuando su ejercicio se lleva a cabo en escalas espaciales y temporales internacionales, cuando el ejecutor de la misma ya ha sido interiorizado por la sociedad como un enemigo que se debe eliminar, o cuando un conjunto amplio de dispositivos mediáticos son dispuestos por los poderes hegemónicos para deslegitimar reivindicaciones sociales, comenzar con el proceso de construcción de otredades y afirmar una posición axial que justifique el avance del proyecto de civilización occidental sobre comunidades ajenas a su lógica.

Por eso, cuando de condenar la violencia se trata, los posicionamientos más recurrentes son aquellos que censuran las guerras declaradas por gobiernos tiránicos, totalitarios —más nunca las emprendidas por las autodenominadas democracias liberales—; aquellos que exigen la erradicación de todo cuanto atenta contra la propia identidad: un grupo aceptado como terrorista, un gobierno populista latinoamericano, o una dictadura musulmana en Oriente Medio; o aquellos que, por completo sumergidos en la interminable tautología del dogmatismo lingüístico, condenan al exterminio a cada comunidad que parezca arcaica, renuente a afirmar las bondades civilizatorias ofrecidas por los valores y principios occidentales.

La cuestión es, no obstante, que detrás de esos macro-eventos de violencia se desenvuelve una serie más profunda y abarcadora de hechos que reflejan la decadencia estructural de Occidente: la continuación de una lógica civilizatoria que, en el momento mismo de colonizar a los no-modernos, a los no-democráticos, a los no-civilizados con el pretexto de introducirlos en el curso del tiempo presente, de extraerlos de su arcaísmo bárbaro y ajustarlos a las formas cortesanas del progreso, esa misma lógica reifica su embrutecimiento, su naturaleza incivilizada.Se desarrolla, en este sentido, una dinámica de sistemática destrucción de aquellas comunidades que, habiendo sobrevivido a quinientos años de colonización, aún se presentan frente al colonizador como esa amenaza de retorno al salvajismo, como esa posibilidad que agrede al civilizado y al moderno por el simple hecho de haber demostrado que otro tipo de sociedad es posible. Pero más aún, se desdobla una cadena infinita de sucesos que ante el descuartizamiento del indio, se celebra el avance del respeto por los derechos humanos; que ante su despojo territorial, se festeja la acumulación del stock productivo del Estado; que ante la represión militar, se elogia el ejercicio efectivo del Estado de Derecho.

La violencia del mundo perturba a la sociedad con sus grandes acontecimientos: condena la tiranía musulmana legitimando la intervención estadounidense en Egipto, Libia, Túnez, Yemen y Siria; sataniza al populismo latinoamericano afirmando la necesidad de gobernarlos por medio del puño de hierro de sus dictaduras cívico-militares; y consiente la destrucción de sociedades enteras exigiendo la muerte de cada individuo que parezca terrorista. Pero al perturbarse con ese despliegue, esa misma sociedad, no obstante, omite que ya fue cómplice de esos sucesos mucho antes de que estos ocurriesen. En efecto, fue cómplice desde el momento en que absolvió cada una de las guerras presentes y futuras cuando, desde el pasado, cerró los ojos ante la cristianización del indígena, cuando se volvió sorda ante los lamentos que causaban los suplicios a los que comunidades enteras fueron sometidas por no ser conocedoras de las formas civilizadas de convivencia; cuando enmudeció en el momento en que se requería que su propia voz se asumiera como la principal crítica a las consecuencias de su avance indetenible.

De aquí que sea imprescindible mirar de frente al más reciente recordatorio que la comunidad Gamela, en el Estado brasileño de Maranhão, con su sangre y su dolor, le ofrece a América y al mundo para no olvidar eso que sólo en Sierra Leona, durante algún tiempo, fue motivo de primeras planas periodísticas y excelsos análisis antropológicos —pero nunca motivo de un cambio de modelo civilizacional—: las más desgarradoras maneras de mutilar y marcar al cuerpo humano no son producto de una suerte de reminiscencia precolombina, sino el vivo reflejo de cómo la humanidad establece los límites entre su humanidad y la animalidad de los condenados de la tierra.

En efecto, el hecho pasó inadvertido, como ocurre, por regla general, con las cuestiones indígenas: producto del despojo sistemático de tierras que los pueblos indígenas sufren desde su colonización, la comunidad Gamela fue atacada el pasado domingo 30 de Abril por hacendados cuando aquellos intentaron recuperar las tierras que por derecho les corresponden. Así, esa pequeña comunidad —que los parlamentarios brasileños considera pseudoindigena— le recuerda al continente que no sólo en el África negra se mutilan los cuerpos de quienes reivindican su derecho, como comunidad perteneciente a un territorio ancestral, a preservar sus formas políticas y productivo/consuntivas, sino que ésta es una práctica vigente en cada latitud en la cual se despliega el colonialismo.

El caso Gamela, por supuesto, no es excepcional dentro de la regularidad de eventos que azotan a las comunidades indígenas del continente. Por lo contrario, es, más bien, una continuidad de algo que desde hace mucho estos pueblos intentan hacer visible ante los ojos de quienes sólo los observan como el turista observa a quienes sólo le son útiles en tanto producenbellas y exuberantes artesanías con pretensiones de arte. La cuestión de fondo acá —además de la evidente condena de la violencia con la que la comunidad Gamela es sistemáticamente fragmentada—, es la manera en la que sus integrantes fueron despojados de su identidadpor parte de la sociedad brasileña.

Y es que si bien las formas de realizar esta desposesión identitaria son tan variadas como comunidades indígenas existen en el mundo, no por ello se debe abstraer lo específico de cada caso. Así pues, lo primero que debe llamar la atención sobre esta situación es que desde la aprobación de la constitución brasileña, en la década de los ochenta del siglo XX, las comunidades indígenas fueron inscritas dentro de un régimen de autoidentificación no muy popular dentro del conjunto de países americanos de mayoría mestiza. Los pueblos indígenas en Brasil, pues, fueron dotados de la capacidad de ser identificados por la estructura Estatal como tales no por la continuidad lineal que estos acumularan al habitar un territorio, sino por el uso específico que estos cuerpos sociales dieran a aquel.

En este sentido, contrario a la tendencia indigenista que marca que un pueblo indígena es tal siempre y cuando continúen habitando sus tierras ancestrales —con lo cual, por regla se refiere a una inamovilidad de la comunidad desde el periodo colombino—, en Brasil se abrió la posibilidad de que el rasgo identitario, con respecto al territorio, se estableciera no por una línea unidireccional del tiempo habitado, sino por el uso específico que dichas comunidades otorgan al entorno. Por supuesto la garantía constitucional de que esto se llevase a la práctica quedó en la letra, pues de un aproximado de mil ciento y trece territorios indígenas sólo el 58% (654) se encuentran en espera de la aprobación de su condición por parte del Estado brasileño, y de éstos, 53% aún no son, siquiera, considerados para comenzar el proceso correspondiente.

Un segundo punto de preocupación es que las poblaciones aledañas y las propias autoridades gubernamentales despojaron a los Gamela de su identidad recurriendo al encadenamiento de estereotipos que, por irónico que parezca, los identificaban como cualquier otro ciudadano brasileño, producto de las urbes del país. Lo interesante, aquí, es que las poblaciones aledañas son mayoritariamente de una estructura corporal similar a la de los Gamela, lo que da cuenta, de nuevo, que los procesos de racialización siguen priorizando los rasgos fenotípicos de los individuos para realizar su segregación, por un lado; y por el otro, que a pesar de esa marcada tendencia a identificar el cuerpo con la raza, el colonialismo interno se sigue reproduciendo en niveles cada vez mayores, al punto de que el propio indígena renuncie a su identidad como tal con base en su apariencia física.

Por lo anterior, el asunto no es menor, y menos aún si se es consciente de que las formas más atroces de totalitarismo, las formas de violencia más avasallantes y destructoras que la humanidad ha conocido, como bien lo señaló Aimé Césaire en su Discurso sobre el Colonialismo, comienzan por la experiencia de los pueblos colonizados, pese a que su condena social sólo se dé cuando esa misma violencia colonial se aplica por el civilizado blanco sobre otros civilizados blancos.





https://www.rebelion.org/noticia.php?id=226424


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