Cine: "Compañero Raymundo" - Antiimperialista

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sábado, 20 de mayo de 2017

Cine: "Compañero Raymundo"


El Furgón
Adelanto del libro escrito por Juana Sapire y Cynthia Sabat, en el cual se relata la vida del cineasta y militante revolucionario desaparecido Raymundo Gleyzer

El sábado 29 de mayo de 1976 por la mañana sonó el teléfono en lo de Greta Gleyzer. Era Alicia, la señora que limpiaba la casa de su hermano. Estaba muy alterada. “¡Señora Greta! ¡No sabe lo que pasó! Entraron ladrones a la casa del señor Raymundo ¿Él no volvió de viaje todavía, no? Entré al departamento, y se llevaron todo, no quedó nada. Rompieron la puerta de una patada y se llevaron hasta la ropa. Lo que no pudieron llevarse, lo rompieron”.

Greta le preguntó si se había fijado bien que Raymundo no estuviera desmayado, y le contestó que él no estaba por ningún lado. Alicia también le contó que le causó tanta impresión llegar a cumplir con su tarea habitual y encontrarse con tremendo desastre que le tocó el timbre a una vecina y le pidió una silla y un vaso de agua. La vecina la atendió, y además le contó que había visto movimientos extraños. Un grupo de hombres había salido de allí cargando bultos, ropa, alfombras, de todo. Ella, curiosa de esa actividad extraña en el edificio, le había preguntado amablemente a uno de esos señores si el joven que vivía en ese departamento se mudaba. El hombre le contestó tajante: “Sí señora, y aquí hay mudanza para rato”.

Raymundo había vuelto seis días antes de los EEUU. El fin de semana largo del 25 de Mayo, Greta y su marido, Benjamín, habían aprovechado el feriado para tomarse unas vacaciones en Mar del Plata. Ray había avisado que llegaba, por lo que le pidieron a un amigo de confianza que lo fuera a buscar a Ezeiza. Cuando regresó de viaje, su hermana lo llamó a la casa y habló con él. “Decile a Benjamín que le traje un chiche que lo va a volver loco. Traje un contestador automático. Cuando llames la próxima vez, te va a contestar el contestador”. Raymundo estaba entusiasmado: había traído de Nueva York la nueva maravilla de la tecnología que permitía grabar mensajes de voz cuando alguien llamaba a una casa y el dueño no estaba. Lo conectó. Cada vez que uno lo llamaba contestaba la voz grabada de Ray. Greta llamó varias veces a pedido suyo para probar el chiche. Un par de días después el contestador ya no contestaba. Nadie contestaba. Algo raro había pasado.

Ray me había dejado a Diego unos días antes, y me había aclarado que ya no lo llamara a su casa porque estaba viviendo en otro lado. Días después lo esperé para retirar a Diego, como habíamos acordado, y no vino. Era algo muy extraño en él porque era muy considerado e incapaz de dejar a alguien plantado, por el motivo que fuera. Yo había combinado con una amiga para ir al cine. La llamé a Greta para saber si había tenido noticias de él, y ella me dijo que no, y que le extrañaba que su contestador ya no estuviera conectado al teléfono. Presentí lo peor. Quedamos en encontrarnos al otro día con la esperanza de que Ray diera señales durante la noche. Al día siguiente teníamos un turno con una fonoaudióloga para Diego en el Hospital de Niños. Greta se reunió con nosotros allí, y supimos que algo muy malo había sucedido. Teníamos que tomar precauciones.

Como en tantas otras oportunidades, Raymundo había viajado a Nueva York, en el mes de marzo. Viajó para tratar de cerrar un contrato de trabajo con Naciones Unidas, para intentar cobrar una deuda de su distribuidor y para ocuparse de otros asuntos laborales. El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no era algo inesperado. Los Susman habían tratado de convencerlo por todos los medios de que no volviera a la Argentina. Bill, que además de su productor era como un padre para él, le dijo que ese no era momento para volver, que prometía conseguirle trabajo allá. Prometía también llevarnos a mí y a Diego. ¿Entendía Raymundo el peligro que correría al poner un pie de vuelta en la Argentina del golpe? ¿Comprendía la gravedad de la situación, la brutalidad en la que se sumergía el país bajo el dominio de la Junta Militar? Bill y Raymundo sabían lo que había sucedido en Chile tras el golpe de Estado en 1973. Bill estaba convencido de que el golpe sería igual o peor en la Argentina. “No vuelvas, la gente está desapareciendo”, le advirtió Susan, la hija de Bill y su buena amiga. Raymundo respondió decidido: “Voy a volver y voy a ser cuidadoso”.

El jueves 27 de mayo Raymundo almorzó en lo de Sara, su mamá, y estuvo con ella hasta las cuatro de la tarde. Sara le pidió que no se expusiera tanto, que bajara el perfil y se escondiera por un tiempo, porque las cosas se habían puesto realmente peligrosas. “Vas a sonar como arpa vieja, hijo”, le dijo Sara, con esa sabiduría digna de una idishe mame. En ese mismo momento, en la puerta del edificio de Francisco Acuña de Figueroa 828 había estacionado un auto de la policía con cuatro personas adentro. Uno de ellos se acercó al portero y le preguntó si sabía algo de un tal Raymundo Gleyzer. El portero, que se llamaba Aldo, le dijo que allí vivía la madre, pero que hacía mucho que no lo veía, que él nunca iba por allí. Se quedaron un rato más, vigilando. Después, el auto desapareció. Raymundo salió de lo de Sara y pasó por el Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina (SICA), para sacar un turno médico en la obra social. Se subió a su Renault 12 y se fue de allí. Nunca más se supo de él.

A mí Raymundo me enseñó a vivir. Y me enseñó también que hay que hacer lo que hay que hacer. Eso es lo que siempre decía. Cuando entendí que lo habían secuestrado, torturado y desaparecido, me dije “perdimos como en la guerra”. Perdimos. Se terminó. Él era inteligente, lúcido, siempre lograba lo que se proponía. Era persuasivo, trabajador, jamás dejaba de lado sus ideales. Era leal hasta la médula. Si lo desaparecieron a Raymundo, perdimos. Eso pensé.


Greta había tenido una conversación con su hermano antes de su viaje, cuando el golpe se veía venir y el clima del país se enrarecía peligrosamente. Ella había tratado de convencerlo de que depusiera su actitud “ultra”, y le aconsejó que no estuviera tan en contra de los cambios que se venían, y específicamente de la figura del general Videla. Le dijo que la situación del país era un caos y que esta gente tal vez venía a poner el orden que la sociedad demandaba. “Vos no entendés nada. Esto es lo peor que puede pasar. No tenés idea de quién es Videla y de lo que hizo en Tucumán”, le contestó.

Cuando Ray fue a tomar el vuelo que lo llevaría a Nueva York tenía miedo. El temor era que lo detuvieran. Por eso le pidió a su mamá que fuera a la terraza de Ezeiza y se asegurara de verlo subir al avión. Minutos después Raymundo subió la estrecha escalerita, buscó a Sara con la mirada, le sonrió y la saludó con la mano antes de perderse dentro del avión.


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Más información:


x Néstor Kohan



http://www.lahaine.org/mundo.php/cine-companero-raymundo


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