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Por una cultura política que promueva la capacidad de ponerse en el lugar del “otro”


Los derechos humanos de cara al siglo XXI


Cuba Posible


“Nada, ni la justicia, ni la dignidad y mucho menos los derechos humanos, proceden de esencias inmutables o metafísicas que se sitúen más allá de la acción humana por construir espacios donde desarrollar las luchas por la dignidad humana” (Joaquín Herrera Flores)

Nota Introductoria
Los derechos humanos se configuran como baremo de humanidad y un logro importantísimo después de dos guerras mundiales, amén de otros desmanes y atrocidades que caracterizaron al siglo XX. En la actualidad, se impone el debate respecto a su alcance, sentido y significado en el nuevo contexto de globalización neoliberal en crisis, y de la emergencia y búsqueda de alternativas post-neoliberales en nuestra América. La apuesta nuestra es que hay que verlos ‒a los DDHH‒, de manera dinámica, integrada y como un referente normativo clave para levantar otra cultura política pública que apunte a sostener posibilidades post-capitalistas. Desde este ángulo, creemos que estos “Comentarios libres” pueden ser útiles también para una sociedad como la cubana, que busca repensarse y reordenar su institucionalidad, no para volver al pasado, sino para modificar todo lo que tiene que ser modificado en función del cumplimiento del ideario de dignidad, justicia y democracia soberana que ha querido encarnar su Revolución.
1: Cuando se habla de proyección o prospectiva de derechos humanos (DDHH) para la región y el continente latinoamericano, hay que enmarcarlo en el devenir y tratamiento del tema a nivel mundial y regional. El siglo XXI se abrió con una serie de sucesos que han marcado su devenir hasta ahora. Comenzando por el atentado a las Torres Gemelas en Estados Unidos, y terminando con la interminable guerra en Siria, Irak y Afganistán. El eje pretendidamente justificatorio para esta entrada sangrienta al nuevo siglo –cuando se creía que ya lo habíamos visto todo‒, ha sido la acción del “terrorismo”. A partir de allí, entonces, hay una especie de “vía libre” para emprender una nueva guerra, ahora contra todo lo que pueda relacionarse con ese fenómeno y el llamado “eje del mal” (aquellos países y/o líderes supuestamente “culpables” de su promoción). Este hecho ha tenido como consecuencia volver a condicionar el valor universal e internacional de los DDHH en función de ese objetivo. Primero es la lucha contra el terrorismo –en cualquier lugar de la tierra‒, y luego, es la validez de las situaciones relacionadas con DDHH. Entre la lucha contra el terrorismo y la primacía del crecimiento económico, entendido a la manera neoliberal, se encuentran encorsetados los DDHH y su efectivización real. Con lo cual, nuevamente se genera una relativización de su significación, sometida ahora a si promueve o no la lucha contra el terrorismo, adquiriendo este último una dimensión ampliada y ambigua. Pero también, sometidos a si su cumplimiento (no meramente retórico o reduccionista) facilita o entorpece el crecimiento económico. Por cierto, el movimiento pro-DDHH no puede dejar de lado estos nuevos hechos a la hora de evaluar y planificar sus acciones y derroteros. Hacer como si no existieran puede mellar y debilitar de manera muy fuerte sus propias reclamaciones actuales.
Por lo anterior, y debido también a razones de la historia reciente de nuestros países ‒desde México a Chile, pasando por Cuba y Centroamérica‒ respetando sus distintas historias y proyectos, a nivel de espacio público tienen muchas veces los DDHH la marca o un reflejo unilateral de un tiempo de dolor, sufrimiento o negación de la dignidad. En particular, para los países del sur de nuestra América, signados por el tiempo del autoritarismo de las dictaduras político/militares. Es útil no generalizar de manera uniforme el tratamiento de los DDHH, como a veces lo hacen de manera interesada algunas agencias que se proclaman defensoras de los mismos. Aquí, como en otros aspectos de la política real, prima muchas veces un doble estándar amplificado por medios de comunicación: lo que vale como reclamación de DDHH para un determinado país, no lo vale para otro. Esto nos pone delante de uno de los problemas de toda reivindicación de DDHH: su “politicidad” y la dificultad de situarse en su evaluación, en un altar de neutralidad, más allá del bien y del mal. Con todo, lo que sí va quedando en claro con el correr de la historia, es que el reclamo desde los DDHH siempre tiene algo que aportarnos en y desde las distintas situaciones que viven los países. No hay un país o proyecto de sociedad que pueda decir que ha podido realizarlos todos y a cabalidad. Y, por ende, siempre se pueden derivar de ellos nuevas tareas a cumplir.
Por otra parte, existe la tendencia de percibirlos como propiedad de un sector e interés determinado de la sociedad. O, también, a ser apropiados de manera unilateral. Pero no solo eso. Al mismo tiempo que hay este movimiento interno, ligado a sucesos políticos de un pasado-presente, en el ámbito más global e internacional la reivindicación de los derechos humanos ha adquirido o entrado, cada vez más, en una fase de globalización y/o universalización creciente, es decir, son reivindicados por distintos actores del quehacer mundial y ligados, también de manera creciente, a nuevas formas de jurisdicción globales. Y ello a pesar de los sucesos del 11 de septiembre en Estados Unidos. Lo cual confirma el dato de que hoy por hoy resultan el imaginario normativo compartido de mayor alcance en medio de la pluralidad de puntos de vista en economía, política, ética o filosofía, y en medio, también, de la pérdida de referentes más globales de acción colectiva. Puestos en descrédito los grandes proyectos utópicos, puesta en cuestión hoy la misma ideología de la globalización, los derechos humanos parecieran por ahora ser de los pocos artículos creados por la humanidad capaces de resistir el vendaval de lo fugaz, de lo contingente, de lo mercantilizado y relativo. Por ello entonces, es que tenemos que intentar ir más allá de su adscripción a su momento de negación, y abrirnos a su prospectiva en tanto horizonte ético-político contra-fáctico de la realidad que como país y región del mundo tenemos y podemos tener. Los riesgos son varios cuando recurrimos a DDHH: o, como algunos hacen, se impulsa lisa y llanamente su olvido, mediante su “motejamiento” y parcialización; o, también, mediante la estrategia de su banalización, todo es derechos humanos o todo puede convertirse en una reivindicación de derechos humanos.
3: Vivimos, en tanto contexto de una prospectiva de la acción reflexionada, una situación societal paradojal: por un lado, necesitamos recrear nuestro ideario normativo, para hacer frente a nuestro pasado y abrir hacia nuevos horizontes de futuro en éste ámbito; por el otro, hay un clima cultural predominante que tiende más bien hacia un vacío ético ‒se desdibujan los referentes de una acción mancomunada‒, hacia una “nihilización” de la experiencia moral manifestada en lo que alguien traduce como sumatoria de “crepúsculos”: del sentido, del deber, del creer, etc.
4: Miradas las cosas desde este punto de vista, los derechos humanos, y su apropiación y promoción viva, real, constante –en todos los niveles de la educación y también en universidades, servicios públicos, Estado, los medios, aparecen como mediación normativa mínima, o si se quiere, fundamento principal para una renovación de nuestra cultura política; como un indispensable antídoto en la erradicación paulatina y nunca acabada de las distintas formas de intolerancia, discriminación o segregación del otro, por motivos de raza, condición social, o pensamiento; es decir, aparecen como un nuevo ethos ciudadano-republicanista a promover de manera permanente.
5: Ahora, pensando en una suerte de Agenda de DDHH, ¿qué temáticas podrían considerarse a relevar, además de los temas tocados esquemáticamente más arriba? De manera preliminar hay tres ámbitos que nos parece adecuado abordar y eventualmente articular: el tema de la memoria histórica ‒con los temas del conflicto-violencia-reconciliación-verdad y justicia‒, las cuestiones de la indivisibilidad y universalización de derechos y, también, el tema de los agentes o actores involucrados en la sociedad en función de su efectivización. Todas estas cuestiones resultan pertinentes al conjunto de los países latinoamericanos, desde el norte hacia el sur, desde el oeste al este. Por cierto, tomando en cuenta las especificidades, cultura e historia de cada uno de ellos.
  • Primero, resulta pertinente y necesario continuar con el trabajo, los estudios y el debate público en torno a nuestra memoria histórica, los dilemas de la reconciliación, respecto a la verdad de lo sucedido y a las cuotas de justicia indispensables de asumir de manera personal y colectiva. En el examen de estos temas se abre, además, la posibilidad de reconstruir diversas aristas de las relaciones de poder y de nuestra identidad histórica –con sus mitos‒, desde un conocimiento múltiple y una discusión abierta, crítica. Quizá una cuestión importante aquí sea abrirse a una relectura de la historia nacional y latinoamericana, como una en la cual se manifiesta o expresa una constante lucha por el reconocimiento; y por tanto el rol que han jugado los derechos humanos en la dignificación permanente de la vida humana.
  • Una segunda temática general se relaciona con el asunto de la indivisibilidad de los derechos humanos y su articulación con los actores sociales y su responsabilidad. Primero, no parecen haber razones para oponer derechos individuales y derechos sociales. Todos los derechos humanos, civiles y políticos, económicos, sociales y culturales, son derechos de la persona. No pueden cumplirse los derechos individuales –derechos de libertad‒, sin cumplir al mismo tiempo con los derechos sociales y culturales que derivan de su pertenencia societaria, derechos de justicia.
Lo anterior es importante toda vez que la nueva realidad de la globalización/mundialización pone en el tapete la discusión en torno al tema de una nueva generación de derechos (los derechos del género humano o de solidaridad). Segundo, la indivisibilidad de los derechos humanos resulta ser el principal eje desde el cual respetar la universalidad en el diálogo intercultural. Ningún relativismo cultural debería admitirse para establecer una jerarquización entre los derechos. Tercero en este punto, la realización de un derecho humano resulta condición para la realización de otros derechos, y desde este punto de vista, se refuerzan y necesitan mutuamente.
En el presente, especial importancia parecen adquirir los llamados derechos culturales y aquellos referidos al medio ambiente. Cuando hablamos de estos derechos estamos hablando del establecimiento de condiciones de posibilidad igualitarias para el conjunto de la población en el acceso a conocimientos, destrezas, informaciones, saberes, que les permiten, en lo personal y colectivo, adquirir competencia lingüística y comunicativa suficiente para hacerse reconocer como personas y agentes activos de su propio desarrollo personal y comunitario. Aquí destacamos el derecho a la información, a la educación y formación continuas; el derecho a participar en la vida cultural. Al mismo tiempo, no podemos dejar de lado la necesidad y urgencia de considerar y realzar los derechos que refieren a la actual crisis medioambiental que azota al planeta y la necesidad de reconsiderar las definiciones actuales del desarrollo y la economía, de modo tal que se permita la continuidad de la vida sobre el planeta.
  • Un tercer motivo prospectivo en este tema lo relacionamos con los actores de la sociedad y su responsabilidad en función de la indivisibilidad y universalización de esos derechos, esto es, de su progresiva “efectivización” en el tiempo. La práctica a favor de la promoción y respeto a los DDHH conviene en general a diversos actores. Por un lado, a la sociedad civil en sentido amplio, tejido social, cultural, económico, con duraciones y espacios de acción diferenciados. La importancia de este ámbito es cada vez mayor en vista del debilitamiento generalizado del Estado y su capacidad de articular el ámbito de lo público. Mientras más poder tiene un actor, mayor es su responsabilidad de cara a los DDHH. Esto vale no solo para la sociedad civil, las nuevas formas de ciudadanía o las tareas de un Estado democrático de derecho, sino también para el mundo empresarial. Pensando en el futuro, sería interesante identificar de cuáles derechos humanos cada actor o categoría social debe hacerse cargo en prioridad (por ej., las empresas o asociaciones según el tipo de bienes y servicios que ofrecen). En este sentido, podría promoverse un proceso de conversaciones entre poderes públicos, tercer sector o sociedad civil y empresariado, en función de un pacto de sociabilidad basado en el reconocimiento de los DDHH y las obligaciones que de ello derivan. La obligación de todos los actores respecto a los DDHH (cívicos, públicos, privados), no puede reducirse a un problema de factibilidad nada más. También hay que impulsar una obligación de resultados respecto a esos derechos, es decir, promover su real eficacia práctica.
6: Estos motivos temáticos a discutir tienen que “funcionalizarse” u “operativizarse” aún más. Por el momento, creo que su tratamiento puede distinguir niveles: uno más ligado a la investigación propiamente (muy importante y “reforzador”); otro más ligado al espacio formativo en la educación en general y al espacio público. Y un tercero que pueda establecer puentes de conversación y compromiso entre los principales actores de la sociedad. Por cierto, a través de estas acciones se piensa que puedan coordinarse las distintas instancias e intereses de todos aquellos que tienen algo que ver o decir respecto a este tema.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=225192


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