Titulares

miércoles, 12 de abril de 2017

Entre el triunfo y la derrota


El Telégrafo


Desde 1979 ha venido consolidándose en Ecuador la democracia representativa. Hasta 1996 se sucedieron 4 gobiernos electos y 1 por sucesión constitucional; pero entre 1996-2006, hubo 7 presidentes y una efímera dictadura nocturna. Los únicos 3 presidentes electos en esta última fase fueron derrocados. Este amplio período se inició con una Constitución (1979) y un gobierno progresista; aunque desde 1982 comenzaron las políticas aperturistas, que desde 1984 se afirmaron como modelo empresarial, que progresivamente fue edificado por todos los gobiernos posteriores. 

El modelo empresarial se inspiró en el neoliberalismo. Las consecuencias sociales y laborales fueron desastrosas; pero también las institucionales, todo lo cual explica la crisis política galopante desde 1996. 

Desde 2007, el gobierno de Rafael Correa y la nueva Constitución (2008) marcaron un nuevo ciclo histórico, con el fin del modelo empresarial, la reinstitucionalización del Estado, el restablecimiento de los intereses nacionales sobre los privados, y la mejora sustancial de las condiciones de vida y de trabajo de la población. Los desajustes de los 2 últimos años no alteran las bases macroeconómicas, sociales e institucionales logradas en la última década de la Revolución Ciudadana. 

Sobre esa herencia histórica, las elecciones de 2017 han sido cruciales para la vida del país. La ultraderecha bancario-empresarial asumió el momento como lucha definitiva por restaurar sus exclusivos intereses en el Estado, en tanto que para Alianza PAIS representó el momento de la continuidad. 

Las dos posiciones antagónicas han provocado el claro alineamiento de las fuerzas sociales en el país. 

Hay, sin duda, un amplio sector ciudadano democrático y progresista, que no solo ha dado el triunfo a Lenín Moreno, sino que ha acompañado con su respaldo a la Revolución Ciudadana. Están fuera del mínimo de comprensión histórica quienes creen ver aquí una ‘nueva derecha’. 

Guillermo Lasso y Cynthia Viteri expresaron abiertamente los intereses de una élite bancario-empresarial más reaccionaria del país, apadrinada por varios medios de comunicación. Esa división política impidió un mejor resultado en la primera vuelta. En la segunda, el socialcristianismo que patrocinó a Viteri convergió (a regañadientes) en el apoyo a Lasso. Pero la torpe actuación de este candidato y sus fuerzas de apoyo (CREO-SUMA) al pretender su triunfo sobre la base de una encuestadora privada, y denunciar un ‘fraude’ que no se logra probar en los términos jurídico-institucionales exigidos, ha permitido al socialcristianismo desmarcarse nuevamente frente al perdedor candidato banquero. A Lasso no se le perdona el haber sido el causante de la división derechista. 

También ha quedado definido el espacio de la ínfima izquierda marxista probancaria, que todavía rinde cultos a Lasso. 

Y la polarización política entre dos modelos distintos de sociedad, igualmente ha definido el comportamiento golpista, violento, agresivo, de aquel sector de la ultraderecha que ahora está dispuesta a librar su batalla por otros medios, ya que la perdió en las urnas. 




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