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El viaje



(Imagen: AFP)




Mauricio Macri buscó esta reunión con Donald Trump con una obstinación que hacía pensar en grandes resultados. No los hubo, no hubo acuerdos comerciales, ni inversiones concretas. Solamente ese encuentro de palmaditas y frases elogiosas del presidente norteamericano al argentino, que se mezcló con alguna cuota de humillación para el argentino: “me va a hablar de limones y yo le voy a hablar de Corea del Norte”. Son gestos. La sonrisa fiel de un Macri embelesado por Trump y el otro que miraba al frente y hablaba a los periodistas. No lo miró cuando le palmeó la rodilla con ese gesto fatal de paternalismo. Y muchas fotos de palmaditas en la espalda como quien acaricia una mascota. Pero todo eso para Macri fue un triunfo. Porque para un gobierno de derecha que provocó una crisis económica evitable, la única herramienta que le queda es un discurso de imágenes, gestos y golpes de efecto mediáticos. Macri no fue a buscar acuerdos, sabía que no los iba a conseguir porque los hubiera arreglado antes de viajar. Pero necesitaba esa fotografía con Trump y sus elogios. En el mundo Mauricio, los elogios del magnate inmobiliario norteamericano son gestos hacia el mundo de los negocios, que hasta ahora le ha sido más reacio que al kirchnerismo. Le palmean la espalda pero no le sueltan un peso. La política principal de un gobierno conservador no es lo que hace, sino lo que muestra. En esa línea reemplazó la poca repercusión de la visita en los diarios norteamericanos, con un suplemento pagado en The Washington Post. El suplemento de costo millonario se tituló “Argentina creciendo”, cuando en realidad la economía está en un plena recesión.

Entre lo que hace y lo que muestra este gobierno necesariamente hay una distancia. Lo que muestra es una construcción virtual que muchas veces se contrapone con lo real. Lo central de su política es la comunicación y cuando toca un límite con esta herramienta y la realidad se hace presente, está la represión. Proyecta un escenario virtual mediático de prosperidad, honestidad y tolerancia que, a medida que se diluye en la realidad, va siendo reemplazado por la represión.

En las últimas semanas, la estrategia mediática del gobierno atacó a Roberto Baradel y a las maestras, después hubo operaciones mediáticas contra el Incaa y después otra contra Cristina Kirchner en Santa Cruz y ahora se plantea recrudecer la ofensiva contra la procuradora general Alejandra Gils Carbó. Las operaciones mediáticas a través de las corporaciones de medios y de un escuadrón de periodistas oficialistas que funcionan como un bloque, siempre preceden y acompañan las estrategias del gobierno. Cambiemos puso ese mecanismo en el centro de sus estrategias cuando estaba en la oposición. La información se manipula de una forma parecida a lo que genera una turba de hinchas fanáticos en el fútbol. 

El tipo que acusó a Emanuel Balbo de ser hincha de Talleres, en la tribuna de Belgrano, funcionó como emisor: la conjunción del medio y el periodista. La hinchada que reaccionó frente al mensaje del emisor funcionó como receptor, como el público de un medio de comunicación. El mensaje fue elaborado por el emisor en función de lo que el receptor quería escuchar: pesó más en ese contexto la acusación de ser un hincha de Talleres infiltrado, que la de cómplice de un crimen. Balbo lo estaba acusando a los gritos de ser cómplice del crimen de su hermano pero pesó más la mentira de que era hincha de Talleres. Fue un duelo de mensajes, un duelo de comunicación, pesó más una mentira estúpida para la que el contexto estaba más receptivo, lo que la convirtió en catalizadora para que un grupo de gente común cometiera un asesinato.

En el contexto de la tribuna enfervorizada era más creíble y tenía más sentido la acusación absurda sobre un infiltrado de la hinchada rival, que la acusación de la víctima, más grave pero que no tenía nada que ver con el contexto. Emanuel Balbo, de 22 años, fue asesinado por una acusación falsa sobre un hecho estúpido cuando él creía haber encontrado al asesino de su hermano, que fue en definitiva quien propició su muerte.

La comparación del asesinato de Balbo con las campañas de difamación mediática produce cierto escozor en algunos periodistas, pero tanto una como la otra son formas de manipulación de la información. En el caso Balbo, una multitud, numerosas personas que quizás habían llevado una vida pacífica en sus trabajos y en sus familias, se convirtieron en criminales y cómplices de un asesinato por una información falsa cuyo emisor la supo insertar en un contexto determinado.

Las operaciones de los servicios de inteligencia tienen esa textura, elaboran el mensaje falso entrelazado con el contexto de manera que funciona como catalizador de una reacción social emotiva.

No importa que no se hayan encontrado cuentas de nadie de la familia Kirchner en el exterior, ni que no aparezcan pruebas de que la muerte de Nisman no fue suicidio. No importa que Baradel no tenga una hija de quince años cuando denunciaron que le había hecho un festejo faraónico. No importa que la denuncia contra Alejandro Cacetta y Pablo Rovito fuera trucha. Lo que importa es que con esa repetición crean en la tribuna la ilusión de la existencia de esas cuentas inexistentes, de ese crimen imposible, de ese desfalco mentiroso y hasta de la hija no nacida de Baradel. La tribuna toma esas mentiras como verdades cuya materialidad construyen ladrillo a ladrillo las corporaciones de medios y el bloque de periodistas oficialistas que funcionan en forma homogénea y muchas veces coordinada. Esa repetición y amplificación fomenta también la receptividad del contexto igual que la tribuna de Belgrano en Córdoba cuando asesinaron al hincha Emanuel Balbo.

El ataque a Cristina Kirchner en la casa de Gobierno de Santa Cruz se produjo cuando la ex presidenta había anunciado que realizaría una gira por Grecia, Bélgica y Gran Bretaña, adonde fue invitada a exponer sobre temas de actualidad. La violencia del ataque y la hora en que fue realizado lo diferenció de las protestas de los estatales. Los partidos trotskistas se equivocan si creen que sacan algún rédito al mezclar el conflicto con esa agresión tan clara. Cada acción que proyecta a la ex presidenta tiene que encontrar otra acción más fuerte en su contra. Es la lógica de la propaganda oficial. Si no es un ataque entremezclado con el contexto de una lucha gremial, como en ese caso, es una nueva denuncia o una medida judicial que cuentan con la colaboración de algunos fiscales y jueces que claramente tienen esa tarea a su cargo.

Macri está convencido de que los problemas que ha tenido en la justicia por sus empresas y cuentas off shore y por los casos de conflicto de interés que se producen constantemente en su gobierno, se originan en la Procuradora General Alejandra Gils Carbó. Supone que no hubiera tenido fiscales inquietos metidos en sus asuntos si no estuviera la Procuradora y quiere su cabeza. Es un cargo disputado. Elisa Carrió, la tercera pata de Cambiemos y su casi segura punta de lista en la CABA, impulsa al fiscal José María Campagnoli, en este momento en el centro de las noticias por la investigación al jefe de la Policía Metropolitana, José Pedro Potocar. Mientras Campagnoli toma ese protagonismo, el oficialismo acentúa la campaña de difamación contra Gils Carbó con los consabidos cargos de corrupción y abuso de sus funciones. Carlos Balbín, el ex Procurador del Tesoro, renunció en forma imprevista, y si se quiere bastante sugestiva porque fue rápidamente reemplazado por Bernardo Saravia Frías, que fue abogado de las empresas del Grupo Macri. Y en otra área estratégica, como la Cámara Federal de Casación Penal, el oficialismo está tratando de imponer al ex ministro de Justicia de la gobernadora María Eugenia Vidal, Carlos Mahiques, funcionario y reconocido militante del PRO.

La ausencia de resultados positivos en la gestión limita al oficialismo a estas herramientas de difamación y control que empobrecen la política. Y la cercanía del proceso electoral hace que se potencien cada vez más. Todavía tiene que atravesar el accidentado proceso de discusiones paritarias para desembocar en unas elecciones de medio término que no tendrían tanta importancia, pero que el oficialismo entiende que terminarán de definir la imagen del país para las regaderas de lluvia de los fantasmagóricos inversores.

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