Titulares

domingo, 30 de abril de 2017

Antonio Gramsci (1891-1937). Dossier



Resumen Latinoamericano / 30 de abril de 2017

Odio a los indiferentes

Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

Fuente: www.sinpermiso.info, 27 de abril de 2007

Traducción para www.sinpermiso.info: Antoni Domènech

El trabajo del intelectual. Del saber al comprender, del comprender al sentir,
y viceversa

El paso del saber al comprender al sentir y viceversa del sentir al comprender al saber.

El elemento popular «siente», pero no comprende ni sabe; el elemento intelectual «sabe», pero no comprende y especialmente no siente. Los dos extremos son, por tanto, la pedantería y el filisteísmo, por una parte, y la pasión ciega y el sectarismo, por otra.

No es que el pedante no pueda ser apasionado, todo lo contrario: la pedantería apasionada es tan ridícula y peligrosa como el sectarismo o la demagogia apasionada.

El error del intelectual consiste en creer que se pueda saber sin comprender y especialmente sin sentir y ser apasionado, es decir, que el intelectual pueda ser tal siendo distinto y apartado del pueblo: no se hace historia-política sin pasión, es decir, sin estar sentimentalmente unidos al pueblo, es decir, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolo, es decir, explicándolo y justificándolo en la situación histórica determinada y vinculándolo dialécticamente a las leyes de la Historia, es decir, a una concepción superior del mundo, científicamente elaborada, el «saber».

Si el intelectual no comprende y no siente, sus relaciones con el pueblo-masa son o se reducen a puramente burocráticas, formales: los intelectuales se convierten en una casta o un sacerdocio (centralismo orgánico): si la relación entre intelectuales y pueblo-masa, entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes y gobernados, es dato de una adhesión orgánica en la que el sentimiento pasión se vuelve comprensión y por tanto saber (no mecánicamente, sino de modo vivo), entonces la relación es solamente de representación, y se produce el intercambio de elementos individuales entre gobernados y gobernantes, entre dirigidos y dirigentes, es decir, se realiza la vida de conjunto, que es únicamente la fuerza social, se crea el «bloque histórico».

Fuente: Quaderni del carcere, Q II (XVIII), pp. 77-77 bis.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón



Los maximalistas rusos

[publicado en Il Grido del Popolo, 28 de julio, 1917]

Los maximalistas rusos son la misma revolución rusa.

Kerensky, Tsereteli, Txernov son el estancamiento de la revolución, son los realizadores del primer equilibrio social, la resultante de fuerzas en las que los moderados tienen mucha importancia todavía. Los maximalistas son la continuidad de la revolución, son el ritmo de la revolución: por eso son la revolución misma.

Ellos encarnan la idea-límite del socialismo: quieren todo el socialismo. Y tienen esta tarea: impedir que se llegue a un compromiso definitivo entre el pasado milenario y la idea, es decir, seguir siendo el símbolo viviente de la meta última a la que se debe tender; impedir que el problema inmediato del qué hacer hoy se dilate hasta ocupar toda la conciencia y se convierta en la única preocupación, en frenesí espasmódico que alza rejas insuperables para ulteriores posibilidades de realización.

Este es el mayor peligro de todas las revoluciones: el formarse una convicción de que un

momento determinado de la vida nueva sea definitivo y que hay que detenerse para mirar hacia atrás, para consolidar lo hecho, para gozar finalmente del éxito propio. Para descansar. Una crisis revolucionaria agota rápidamente a los hombres. Cansa rápidamente. Y se comprende un estado de ánimo semejante. Rusia, sin embargo, tuvo esta suerte: ha ignorado el jacobinismo. Por tanto, fue posible la propaganda fulminante de todas las ideas, y a través de esta propaganda se formaron numerosos grupos políticos, cada uno de los cuales es más audaz y no quiere detenerse, cada uno de los cuales cree que el momento definitivo que hay que alcanzar está más allá, está todavía lejano. Los maximalistas, los extremistas, son el último anillo lógico de este devenir revolucionario. Por ello se continúa en la lucha, se va adelante porque siempre hay cuando menos un grupo que quiere ir adelante, que trabaja en la masa, que suscita siempre nuevas energías proletarias y que organiza nuevas fuerzas sociales que amenazan a los cansados, que los controlan, y que se demuestran capaces de sustituirlos, de eliminarlos si no se renuevan, si no se enderezan para seguir adelante. Así la revolución no se detiene, no cierra su ciclo. Devora a sus hombres, sustituye a un grupo con otro más audaz y por esta inestabilidad, por esta perfección nunca alcanzada, es verdadera y plena revolución.

Los maximalistas en Rusia son los enemigos de los cobardes, el aguijón de los indolentes: han derrumbado hasta ahora todos los intentos de contención del torrente revolucionario, han impedido la formación de pantanos estancadores, de muertes por desgaste. Por eso son odiados por las burguesías occidentales, por eso los periódicos de Italia, Francia e Inglaterra los difaman, intentan desacreditarlos, sofocarlos bajo un alud de calumnias. Las burguesías occidentales esperaban que al enorme esfuerzo de pensamiento y de acción que costó el nacimiento de la nueva vida siguiese una crisis de pereza mental, un repliegue de la dinámica actividad de los revolucionarios que fuese el principio de un asentamiento definitivo del nuevo estado de cosas.

Pero en Rusia no hay jacobinos. El grupo de los socialistas moderados, que tuvo el poder en sus manos, no destruyó, no intentó sofocar en sangre a los vanguardistas. Lenin en la revolución socialista no ha tenido el destino de Babeuf. Ha podido convertir su pensamiento en fuerza operante en la historia. Ha suscitado energías que ya no morirán*. Él y sus compañeros bolcheviques están persuadidos que es posible realizar el socialismo en cualquier momento. Están nutridos de pensamiento marxista. Son revolucionarios, no evolucionistas. Y el pensamiento revolucionario niega que el tiempo sea factor de progreso. Niega que todas las experiencias intermedias entre la concepción del socialismo y su realización deban tener una comprobación absoluta e integral en tiempo y espacio. Basta que estas experiencias se den en el pensamiento para que sean superadas y se pueda seguir adelante. En cambio, es necesario sacudir las conciencias y conquistarlas. Y Lenin con sus compañeros ha sacudido las conciencias y las ha conquistado. Su persuasión no se quedó sólo en la audacia del pensamiento: se encarnó en individuos, en muchos individuos, resultó fructuosa en obras. Creó ese grupo que es necesario para oponerse a los compromisos definitivos, a todo lo que pudiese convertirse en definitivo. Y la revolución continúa [“Es la revolución continua”, según versión de Ediciones Torre, 1976]. Toda la vida se ha hecho verdaderamente revolucionaria; es una actividad siempre actual, es un continuo cambio. Nuevas energías son suscitadas, nuevas ideas-fuerza propagadas. De esta manera, los hombres, todos los hombres, son finalmente los artífices de su destino. Ahora ya hay un fermento que compone y recompone los agregados sociales sin reposo, y que impide que la vida se adapte al éxito momentáneo.

Lenin y sus camaradas más destacados pueden ser arrollados en el desencadenamiento de los huracanes que ellos mismos suscitaron, pero no desaparecerán todos sus seguidores, ya son demasiado numerosos. El incendio revolucionario se propaga, prende corazones y cerebros nuevos, hace brasas ardientes de luz nueva, de nuevas llamas, devoradoras de indolencias y fatigas. La revolución prosigue hasta su completa realización. Todavía está lejano el tiempo en que será posible un reposo relativo. Y la vida es siempre revolución.

La revolución contra el Capital

[publicado en Avanti! (Milán), 24 de noviembre, 1917.]

La revolución de los bolcheviques se ha insertado definitivamente en la revolución general del pueblo ruso. Los maximalistas, que hasta hace dos meses fueron el fermento necesario para que los acontecimientos no se detuvieran, para que la marcha hacia el futuro no concluyera, dando lugar a una forma definitiva de aposentamiento -que habría sido un aposentamiento burgués- se han adueñado del poder, han establecido su dictadura y están elaborando las formas socialistas en las que la revolución tendrá finalmente que hacer un alto para continuar desarrollándose armónicamente, sin exceso de grandes choques, a partir de las grandes conquistas ya realizadas.

La revolución de los bolcheviques se compone más de ideologías que de hechos. (Por eso, en el fondo, nos importa poco saber más de cuanto ya sabemos). Es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración crítica de la necesidad ineluctable de que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su insurrección, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico. Los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado.

No obstante hay una ineluctabilidad incluso en estos acontecimientos y si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones de El Capital, no reniegan el pensamiento inmanente, vivificador. No son marxistas, eso es todo; no han compilado en las obras del Maestro una doctrina exterior de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, lo que no muere nunca, la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, contaminado en Marx de incrustaciones positivistas y naturalistas. Y este pensamiento sitúa siempre como máximo factor de historia no los hecho económicos, en bruto, sino el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se acercan unos a otros, que se entienden entre sí, que desarrollan a través de estos contactos (civilidad) una voluntad social, colectiva, y comprenden los hechos económicos, los juzgan y los condicionan a su voluntad, hasta que esta deviene el motor de la economía, plasmadora de la realidad objetiva, que vive, se mueve y adquiere carácter de material telúrico en ebullición, canalizable allí donde a la voluntad place, como a ella place.

Marx ha previsto lo previsible. No podía prever la guerra europea, o mejor dicho, no podía prever la duración y los efectos que esta guerra ha tenido. No podía prever que esta guerra, en tres años de sufrimientos y miseria indecibles suscitara en Rusia la voluntad colectiva popular que ha suscitado. Semejante voluntad necesita normalmente para formarse un largo proceso de infiltraciones capilares; una extensa serie de experiencias de clase. Los hombres son perezosos, necesitan organizarse, primero exteriormente, en corporaciones, en ligas; después, íntimamente, en el pensamiento, en la voluntad… de una incesante continuidad y multiplicidad de estímulos exteriores. He aquí porqué normalmente, los cánones de crítica histórica del marxismo captan la realidad, la aprehenden y la hacen evidente, intelegible. Normalmente las dos clases del mundo capitalista crean la historia a través de la lucha de clases cada vez más intensa. El proletariado siente su miseria actual, se halla en continuo estado de desazón y presiona sobre la burguesía para mejorar sus condiciones de existencia. Lucha, obliga a la burguesía a mejorar la técnica de la producción, a hacer más útil la producción para que sea posible satisfacer sus necesidades más urgentes. Se trata de una apresurada carrera hacia lo mejor, que acelera el ritmo de la producción, que incrementa continuamente la suma de bienes que servirán a la colectividad. Y en esta carrera caen muchos y hace más apremiante el deseo de los que quedan. La masa se halla siempre en ebullición, y de caos-pueblo se convierte cada vez más en orden en el pensamiento, se hace cada vez más consciente de su propia potencia, de su propia capacidad para asumir la responsabilidad social, para devenir árbitro de su propio destino.

Todo esto, normalmente. Cuando los hechos se repiten con un cierto ritmo. Cuando la historia se desarrolla a través de momentos cada vez más complejos y ricos de significado y de valor pero, en definitiva, similares. Mas en Rusia la guerra ha servido para sacudir las voluntades. Estas, con los sufrimientos acumulados en tres años, se han puesto al unísono con gran rapidez. La carestía era inminente, el hambre, la muerte por hambre, podía golpear a todos, aniquilar de un golpe a decenas de millones de hombres. Las voluntades se han puesto al unísono, al principio mecánicamente; activa, espiritualmente tras la primera revolución.

Las prédicas socialistas han puesto al pueblo ruso en contacto con las experiencias de los otros proletarios. La prédica socialista hace vivir en un instante, dramáticamente, la historia del proletariado, su lucha contra el capitalismo, la prolongada serie de esfuerzos que tuvo que hacer para emanciparse idealmente de los vínculos de servilismo que le hacían abyecto, para devenir conciencia nueva, testimonio actual de un mundo futuro. La prédica socialista ha creado la voluntad social del pueblo ruso. ¿Por qué debía esperar ese pueblo que la historia de Inglaterra se renueve en Rusia, que en Rusia se forme una burguesía, que se suscite la lucha de clases para que nazca la conciencia de clase y sobrevenga finalmente la catástrofe del mundo capitalista? El pueblo ruso ha recorrido estas magníficas experiencias con el pensamiento, aunque se trate del pensamiento de una minoría. Ha superado estas experiencias. Se sirve de ellas para afirmarse, como se servirá de las experiencias capitalistas occidentales para colocarse, en breve tiempo, al nivel de producción del mundo occidental. América del Norte está, en el sentido capitalista, más adelantada que Inglaterra, porque en América del Norte los anglosajones han comenzado de golpe a partir del estadio a que Inglaterra había llegado tras una larga evolución. El proletariado ruso, educado en sentido socialista, empezará su historia desde el estadio máximo de producción a que ha llegado la Inglaterra de hoy, porque teniendo que empezar, lo hará a partir de la perfección alcanzada ya por otros y de esa perfección recibirá el impulso para alcanzar la madurez económica que según Marx es condición del colectivismo. Los revolucionarios crearán ellos mismos las condiciones necesarias para la realización completa y plena de su ideal. Las crearán en menos tiempo del que habría empleado el capitalismo.

Las críticas que los socialistas han hecho y harán al sistema burgués, para evidenciar las imperfecciones, el dispendio de riquezas, servirán a los revolucionarios para hacerlo mejor, para evitar esos dispendios, para no caer en aquellas deficiencias. Será, en principio, el colectivismo de la miseria, del sufrimiento. Pero las mismas condiciones de miseria y sufrimiento serían heredadas por un régimen burgués.

El capitalismo no podría hacer jamás súbitamente más de lo que podrá hacer el colectivismo. Hoy haría mucho menos, porque tendría súbitamente en contra a un proletariado descontento, frenético, incapaz de soportar durante más años los dolores y las amarguras que el malestar económico acarrea. Incluso desde un punto de vista absoluto, humano, el socialismo inmediatamente tiene en Rusia su justificación. Los sufrimientos que vendrán tras la paz sólo serán soportables si los proletarios sienten que de su voluntad y tenacidad en el trabajo depende suprimirlos en el más breve plazo posible.

Se tiene la impresión de que los maximalistas hayan sido en este momento la expresión espontánea, biológicamente necesaria, para que la humanidad rusa no caiga en el abismo, para que, absorbiéndose en el trabajo gigantesco, autónomo, de su propia regeneración, pueda sentir menos los estímulos del lobo hambriento y Rusia no se transforme en una enorme carnicería de fieras que se entredevoran.

Uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia. Murió en una cárcel fascista a los 46 años.

Fuente: varios



Traducción:AAVV

http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/04/30/antonio-gramsci-1891-1937-dossier/


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